Deportes

Picasso y escribir

Viéndole en su obra, comprendí que necesitamos más oficio y menos beneficio, que tenemos un país que narrar en clave universal y no localista como ocurre en muchas ocasiones...


Visité esta semana en Madrid la exposición “Picasso en el taller”. Más de 200 obras ilustran la relación del pintor malagueño con los diversos entornos de trabajo que tuvo durante su vida. Para este creador imprescindible, su taller era su laboratorio. Picasso vivía creando, estaba en constante búsqueda. Y yo pensé en el arte de escribir, en la búsqueda literaria y en la actitud del escritor ante el oficio de contar.

La semana pasada hablamos de los pretendidos escritores, de la necesidad de leer y de que en los talleres literarios hagamos más énfasis en la lectura antes de entrar en la escritura. Dijimos también que es necesario inaugurar una etapa de crítica literaria seria, porque no todos los que escriben y publican son escritores.

Viendo a Picasso esta semana, he aprendido dos ideas básicas que parten del taller y del entorno del creador como espacio de búsqueda, experimentación y juego. Y cuando digo experimentar, cuando apelo a lo lúdico, no pretendo que cualquier cosa valga. El juego y la experimentación deben darse en función de estas dos premisas.

Por un lado, necesitamos conocer la técnica para poder experimentar. De aquí la insistencia en no poder darnos a la tarea de escribir sin antes pasar por la tarea de leer y de leer bien. Picasso conocía la técnica, dibuja, y a partir de ese conocimiento, rompe los moldes, mezcla, busca su lugar en la pintura. Lo malo es que en nuestro medio se practica “el salto de la técnica”, no se rompe, por no conocerla. Por eso, en un entorno carente de referentes críticos de solvencia, cualquier cosa que se imprima, es llamada literatura. Y si dices lo contrario, o eres un exquisito o un envidioso.

Lo segundo que aprendí viendo esta exposición es que tenemos conocer la tradición en la que nos movemos. Picasso estudió a Velázquez, a Delacroix a Rembrandt, conoció a Matisse, al cual admiraba y odiaba, entre otros tantos. Picasso era consciente del momento pictórico que le tocó vivir. No se aisló, no ignoró el pasado sino que se inspiró en él, lo transformó en su taller y lo devolvió al mundo convertido en obra de arte.

Pero ¿qué nos pasa en Panamá? Que en general se escribe de espaldas a la tradición, no queremos mirar a lo que se ha hecho. Piensan muchos que la literatura se ha inaugurado con ellos y no leen a García Márquez, a Cortázar, a Ribeyro, a Sergio Ramírez o a Clarice Linspector. Desprecian, en su arrogancia de escritores bien dotados (según su parecer), a todos aquellos que han resistido y están resistiendo el paso del tiempo.

El sentido crítico está anulado por desconocimiento y por falta de interés. Y esto lo podemos aplicar a cualquier campo del conocimiento humano, pero aquí estamos hablando de literatura. Ante una subterránea visión crítica queda puesto de manifiesto que cualquier cosa que se publica es buena en tanto tenga formato libro.

Picasso, a los 80 años, decía que la pintura era más fuerte que él, no podía con su pasión de crear. Miraba hacia atrás, era consciente del tiempo, del que se le iba y me dijeron que, cerca de la muerte, pedía lápiz y papel y dibujaba. Sus dibujos expresan grandes ojos escrutadores, de voyeur, que querían abracarlo todo. Murió a los 91años.

Viéndole en su obra, comprendí que necesitamos más oficio y menos beneficio, que tenemos un país que narrar en clave universal y no localista como ocurre en muchas ocasiones, que tenemos que transpirar más e inspirarnos menos: que no vale la gloria si no hay detrás una cruz que la justifique.

Hablaremos más de crítica literaria. Pintaré con colores verbales, con matices de ritmo y técnica, un cuadro de lo que debe ser nuestra literatura. Lo pintaré con grandes ojos, como los de Picasso, a los que mi querido Rafael Alberti cantó un día.


fecha edicion
old id
921813
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América