¿ Se imagina usted a un pintor con igual habilidad pictórica en ambas manos? Tito Piedra diría, eso es golosear a dos carrillos. Una de estas noches húmedas de junio estuve cerca de ese prodigio en la exótica galería de Arlene Lachman. Asistí a una exposición empujado por la amistad con los dos expositores: "Pimpito" Dutary y Mario Calvit. ¡Qué dupleta, hermanito! Éste pinta con la derecha, pero su querencia es por la izquierda; aquél pinta con la izquierda y su querencia fue siempre la buena vida (que en mala hora perdió tan temprano).
Con Pimpito cualquier maloso y cualquier cantinucha adquiría un noble prestigio, un perfil interesante; el kilombo se tornaba templo y modelos los vagos esquineros. Con Mario todo olía a aventura, a discusión de principios, a lucha socialista; pero también a jodedera de la buena: como cuando, amanecidos, salíamos de la Montmartre o de "La Cabaña" y nos incitaba a cantar «Ya yo no soy una niña y por eso uso Prozan». Pero también cantábamos "La Internacional" en pleno apogeo de la gusanera en Panamá. ¿Cómo no fuimos a parar con nuestros huesos a la cárcel? Dios protege al borracho alegre y al revolucionario despistado.
Las mujeres que pintó Pimpito en su última época estaban acompañadas de maniquíes. Lo extraño era que los maniquíes parecían más humanos que las damiselas. Nos endosaba una advertencia: la humanidad es falsaria.
Mario tuvo una galopante época de caballos pensantes. Dignos descendientes de los Houyhnhnms, esos caballos que encontró Gulliver en su tercer viaje, que se asombraban de encontrar a un yahoo (un hombre) inteligente. De ahí sus miradas de reojo. Mensaje: los hombres queman su inteligencia, en aras de una insaciable y creciente codicia. Ahora, los nuevos paisajes de Mario, de tan naturales, desafían la creación divina. Panteísmo de mar, tierra y cielo; aleteos acrílicos que parecen escapar a la prisión del marco.
Reencontré el impresionante "Hotel de Dios", dibujos a plumilla de Pimpito en los que humaniza a los santos publicando sus pecados. Colección que en su primera exposición hizo murmurar para sus adentros al buen cura Condomines: «¿Cómo pinta este hombre?» Y Chuchú Martínez que estaba a su lado le contestó bajito: «Con la mano izquierda y la lengua afuera».