Uno de sus amigos notó que cuando la inspiración poética le llegaba, provocaba en él una reacción inmediata, y sin importar la actividad que estuviera realizando, la suspendía -y entonces-, como absorto por aquella musa caprichosa, y decidido a no dejarla escapar, tomaba cualquier trozo de papel y escribía los murmullos que le dictaba su voz interior.
Así siempre nacían los versos del poeta Luis Carlos Rodríguez. Eran poemas de presentación informal, simples manuscritos, pero a la vez sinceros: llenos de sentimiento puro.
Curiosamente, Luis Carlos no había desarrollado la costumbre de conservarlos; sólo los doblaba y los dejaba a su suerte en el sitio donde había brotado la inspiración.
Su padre también conocía de esta secreta afición. De hecho, como su “compañero de aventuras”, disfrutaba al leerlos, y siempre le animaba a que algún día se decidiera a publicarlos.
Motivación.
Y cuando el amor llegó a la vida de Luis Carlos, con Anyvonne (su fiel compañera desde hace 6 años), una nueva fuerza se sumó a la promesa que ya le había hecho a su padre: editar un libro con sus poemas silvestres.
Anyvonne escuchó el consejo de un buen amigo de Luis Carlos, que la animó a recolectar esos manuscritos, y así lo hizo.
“Desde que nos conocemos, siempre hemos tenido la costumbre de salir a cenar juntos. Y, tal como me lo había adelantado su amigo, durante o al final de la velada mi esposo regularmente escribía en mantelitos de Friday’s, en facturitas de La Tablita, o en cualquier papel, y siempre los dejaba a un lado… yo, sutilmente, los rescataba antes de retirarnos del sitio; él ni siquiera estaba al tanto”, recuerda Anyvonne.
Con el tiempo, ella logró reunir una especie de popurrí de temas en prosa. Algunos eran versos del alma:
“Hoy la musa me dictó un escrito,
me alejó del mundo cotidiano,
me sentí alguien especial, lozano,
alertó mi alma con un grito”.
De añoranzas:
“Vil recuerdo, es hora de entender,
se acabó, murió, tiempo del adiós”.
De amor:
“Señora de amor, éste, su más preciado don,
lo reparte con pureza, a manos extendidas,
su abrazo es refugio de calor y vida,
Señora, ¡qué señora eres! Madre querida”.
Y tras la muerte de su padre, también habían versos cargados de reflexión:
“Te tocó conocerme antes de nacer,
yo te conocí algún tiempo después,
hijo tuyo y de ella, de la fe,
de tres ángeles que Dios vio crecer”.
Y por supuesto, versos dedicados a su esposa:
“Eres tú, silencios y explosiones,
verso, prosa, perfección y balance,
única, mía, amor y romance,
musa de mis sueños y visiones”.
Finalmente, cuando Anyvonne ya había sobrepasado el centenar de manuscritos, le mostró a su esposo la compilación (de varios años) que pacientemente había acumulado, con la idea de que en el futuro otras personas pudieran leer estos versos.
Así, ella se convirtió en “cómplice de sus inventos”, y juntos lograron editar un libro que se presentó en la pasada Feria del Libro de Panamá. De esta forma, también Luis Carlos cumplió con la promesa que le había hecho a su padre.
De un período de 6 años, se escogieron 31 poemas. El libro se llama “Escritos en servilleta”, justamente por la forma original en que fueron plasmados.
Luis Carlos Rodríguez (LCR):Nunca escribo poemas en computadora. Me gusta ese contacto con el papel. Muchas veces sobre servilletas porque era lo que tenía a mano. Además hay que aprovechar cuando llega la inspiración, yo le llamo “el momento mágico”. Y llegan cuando quiere, uno no lo planea.
LCR:Como todo lo que pasa actualmente en mi vida, mi esposa tuvo mucho que ver, ella fue una motivación importante. Pero también se trataba de un compromiso que tenía con mi padre, que hoy es fallecido. Era un compromiso muy personal; muy de él y yo.
LCR:El libro es una combinación de vivencias, de momentos, de sentimientos, de imaginación, y de razón. Evidentemente, el amor siempre está presente, porque es un tema que considero central en la vida. Quien vive sin amor, vive sin el fulgor de la llama del corazón, sin la pasión. Al reconocer el amor alimentamos el alma, y sólo así, somos capaces de compartirlo.
LCR:No, los poemas están allí para que cada quien los interprete como desee. Las reflexiones que añado, son simplemente la forma como yo los conceptualizo. Pero para mí lo más importante es poder llegar al lector, y ya me ha pasado: algunas personas me han llamado para decirme la impresión que le ha causado alguno de mis poemas en determinado momento.
LCR:Produce mucha satisfacción tener la oportunidad de compartir emociones. Porque en este mundo moderno y globalizado, cada vez somos más impersonales. Y no es que esté en contra de la tecnología, pero en cierta medida ésta genera una especie de impersonalización con algún grado de distanciamiento, y códigos comunicativos en donde no están presentes la expresión oral.
En cambio, un poema todavía es capaz de hacernos reír, llorar, abrazar, agradecer. Justamente yo aspiro a que “Escritos en servilleta” sea una semillita para decir que algo de esto todavía vive.
LCR:Para mí, la vida es un regalo de Dios, pero también es una aventura en la que tenemos que hacer las cosas que nos gustan, y disfrutarlas.
Personalmente he disfrutado de todas las facetas que en algún momento me ha tocado realizar, siempre sacando una lección de vida. Hay una canción que me gusta mucho de Joan Manuel Serrat: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Y en eso estamos todos… ¡andando por la vida!
LCR:La felicidad es un acto personal, un sentimiento muy interno. Ser feliz es sentirse feliz. Y sí, yo me siento muy feliz.