Lo malo es que por lo general se aferran a sus objetivos, los cuales, cuando son bien intencionados y corresponden a la realidad, pueden ser positivos, pero cuando se trata de mantener el poder por el poder mismo, son extraordinariamente destructivos, no de sí mismos, pues ya dijimos que tienen nueve vidas, sino del conglomerado que les sigue. En algunos casos puede actuar como el guía de la manada que sabe dirigirla a sitios seguros, pero puede ser ciego frente al temor o el egoísmo, llevando la manada al abismo por donde toda se precipita. Hitler fue un ejemplo
En nuestro medio, abundan los últimos, pero con una filosofía del no sacrificio. El problema para la sociedad es que tienen gran capacidad para mimetizarse en cada situación que pueda reducir una de sus vidas. Su mimetismo va desde el discurso hasta el atuendo y las formas consagradas en la sociedad como apropiadas. Su primer aprendizaje es el descubrir la fuerza de las palabras para convencer, persuadir, y engañar, y hacer que la gente haga lo que él no haría si estuviera en su posición. "Hagan lo que yo digo, no lo que yo hago", es uno de sus lemas. Están convencidos de que en ellos funciona la ley del más apto, verificada en la negligencia con que dejamos que hagan. Son seguidores de aquella frase atribuida al mayor Alemán, "aquí no se gana ni se pierde prestigio".Desde que descubrieron recientemente a Sun Tzu y al general Karl von Clausewitz, los han convertido sino en sus referentes, en sus libros de cabecera para todo gesto de autoridad o de engaño. De hecho, desplazaron de la biblioteca al Príncipe, de Maquiavelo, a menos que sean verdaderos estudiosos y no se dejen confundir por las premisas de uno o de otro.
Es lamentable, pero generalmente aquellos que sobreviven por más tiempo a cada una de sus vidas perdidas, son personas hábiles y capaces; pero también ocurre que cada nueva vida que reemplaza a la anterior, es un acumulado de los negativos que generaron sus errores. Abraham Lincoln dijo que "Ud puede engañar a alguna gente por algún tiempo, pero no puede engañar a toda la gente todo el tiempo". Los políticos no creen en esa frase. Están dispuestos a desafiarla y demostrar su falsedad. La inercia de un político consiste en jugar según la fuente del viento y su dirección. Para ello aprende, y si es inteligente, logra asumir el lenguaje moral de su tiempo, pero si éste le es adverso hace lo imposible para revertirlo, al menos en la práctica íntima de sus acólitos hasta convertirlo en una nueva corriente de valores más apropiados que no le reboten. Algunos lo logran.
Los políticos juegan con las utopías de la gente y se realizan en la concreta de sus intereses. O al revés, reconocen las realidades de sus electores, y las convierten en el diseño de sus utopías, como vehículos de sus intereses personales. Los políticos ven nuestra realidad como esos comensales en un buffet que piensan que a la primera deben llenar sus platos hasta el tope, porque no habrá una segunda oportunidad para servirse. Descubrir cuál es buen político y cual no, es como buscar una aguja apropiada en la cubeta donde reposan miles de agujas.
Pienso que un buen político es el que establece un adecuado equilibrio entre sus intereses y expectativas personales con respecto a las de su comunidad y electores Ello no es fácil, pues no existen escuelas de políticos que orienten para distinguir cuando se actúa para sí y no para otros o cuando se actúa para otros y para sí. Entre los de arriba hay tradición familiar sobre la práctica de la política; entre los de abajo, recién llegados al menú del quehacer, no hay tradición, y se crean conflictos entre seguir la norma establecida desde arriba, o seguir las propias orientaciones de una cultura de la necesidad.
Dado el origen histórico de los políticos del patio, el concepto de democracia ha sido una herramienta para estimular la imaginación de las masas y mantener el control del poder. Así ha sido históricamente. Los conflictos generados por esa palabra tienen que ver con la lucha entre aquellos que están arriba y los que están abajo que creen tener iguales derechos. En el camino, los de arriba han aprendido a ceder espacios, pequeños, para compartir el poder, pero no perderlo. Todos quieren ser Maquiavelos, pero no víctimas de maquiaveladas.
Cada generación supone la posibilidad de retomar todo el poder o de ceder un poco. De lo que se está consciente es no perderlo del todo. Las habilidades están en saber cooptar a los que ascienden y ponerlos a la mesa de los bienes a repartir, lo cual tiene la virtud de seducir y mediatizar su actitud hasta perder sus propios objetivos. Pocos son los políticos de abajo que no han sucumbido a estos cantos de sirena del poder. Muchos perciben que su lucha en este sentido sería larga antes de alcanzar sus objetivos y por lo tanto es preferible también ceder algo a favor de un compromiso que garantice su bienestar. Y generalmente lo que se sacrifica es el sueño de las masas, hasta la próxima generación.
América Latina es la región menos equitativa del mundo. No la más pobre. Sí la más injusta, la que peor distribuye la riqueza. Y, consecuentemente, una mala "distribuidora" de salud.
En la región, el 20% más rico de la población tiene un ingreso hasta más de 20 veces superior al del 20% más pobre.
Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en Bolivia, donde los más pobres son mucho más pobres, éstos sólo reciben un 2, 2% de los ingresos totales del país.
En Brasil, donde los más ricos son mucho más ricos, el 20% de mayores ingresos capta el 62, 4% del producto interno.
Peor aún, los países históricamente menos desiguales se están volviendo más injustos. Es el caso de Argentina, Costa Rica, Ecuador y Paraguay.
La salud no escapa a esta suerte de condena a la injusticia que, para las gentes del continente parece resultar, por lo persistente, irreversible y perenne. En América Latina y el Caribe la inequidad en salud afecta principalmente a los grupos más vulnerables: personas en situación de pobreza, mujeres (que son generalmente las responsables de la salud en las familias), niños, grupos étnicos minoritarios, pobladores rurales.
Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS) más de un cuarto de la población latinoamericana carece de acceso regular a servicios básicos de salud, y algo más de la mitad cuenta con algún seguro de salud, público o privado
De acuerdo con la CEPAL, en Ecuador y Guatemala un 30% del gasto público en salud está destinado a los sectores más ricos, mientras sólo un 12% se dirige a los más pobres. Es decir, los que menos tienen deben gastar más para cuidar su salud.
En Perú el gasto público en salud se distribuye en forma pareja, lo que resulta en una desproporción, pues los grupos más pobres disponen de menos recursos y necesitan mayor apoyo estatal.
No es así en toda la región: Chile, Costa Rica y Uruguay destinan el 30% a la población de menores ingresos.
La distribución de los recursos en salud, y cómo ésta afecta a quienes viven en áreas con menor capacidad de atención, pero también a las personas que viven en las áreas con mejor provisión de servicios es el tema subyacente en el relato que de la salud argentina hace, desde Buenos Aires, Rosario Gabino. En varios países de la región se han encarado reformas de los sistemas de salud, con el objetivo -según sus impulsores- de romper con la desigualdad. Para sus detractores, ampliarán la brecha entre los que pueden contar con una buena salud y los que no.
Chile es uno de los países que ha llevado adelante una gran reforma de la salud, a través de la implementación del plan de Acceso Universal con Garantías Explícitas (AUGE), destinado a los usuarios del servicio público. Sobre sus resultados y la respuesta que ha generado, Gilberto Villarroel escribe desde Santiago de Chile.
Entre los varios objetivos hay todo un apartado dedicado a salud. Incluye la reducción de la mortalidad materna y la mortalidad infantil; el control de enfermedades endémicas como el VIH
SIDA, el paludismo y la tuberculosis; y la prestación de servicios de salud (incluido el acceso a los medicamentos esenciales).
También definió objetivos que no son específicamente de salud pero que tienen un alto impacto sobre esta, como el acceso a los servicios de agua potable y saneamiento; y la reducción de la pobreza, el hambre y la malnutrición.
El abastecimiento de agua es un factor determinante en la calidad de salud. En América Latina y el Caribe un 11% de la población no tiene acceso a este recurso básico -un 31% en las áreas rurales-, y un 26% no accede a servicios de saneamiento.
Pero no todas son malas noticias. Algunos de los ODM están en vías de cumplirse en la región: entre 1990 y 2003 la mortalidad infantil bajó un 40%.
No obstante, estas mejoras no se han dado de igual manera en todos los países, ni entre diversos grupos sociales o regiones al interior de los países, lo que da razones para reconocer que la inequidad no ha sido superada. El problema de fondo en estos países sigue siendo la falta de acceso y de equidad. El cumplimiento de los ODM requiere que América Latina y el Caribe se vuelvan más justas. En muchos de los aspectos vinculados con la salud, parece ser un horizonte aún lejano.
En la región hay menos de 2 médicos cada 1.000 habitantes. Además, por cuestiones de accesibilidad muchas personas no puedan llegar hasta ellos. En algunos países la cifra de médicos es muy inferior: 0, 25 cada 1.000 habitantes en Haití; 0, 76 en Bolivia; 0, 56 en Paraguay.
Peor es lo que sucede con las enfermeras, que deberían ser más que los médicos, puesto que son quienes funcionan de sostén -especialmente- de los pacientes internados. Hay 8, 2 cada 10.000 habitantes, en toda la región.
Las camas hospitalarias también son insuficientes. Eso significa que no todos los pacientes que las necesitan las tienen. Hay 1, 9 cada 1.000 habitantes. Aunque en El Salvador son apenas 0, 5 y en Guatemala 0, 7.
Y si la salud y el acceso a los servicios que la cuidan y promueven son derechos y objetivos a cumplir, también son condición de posibilidad del desarrollo global de las sociedades.
Pueblos con buena salud tienen mejores condiciones para trabajar, crear y crecer.