¿Por qué el fútbol causa tanta fascinación en las multitudes? ¿Por qué tanta pasión, alegría o lágrimas desenfrenadas?
Pensándolo bien, no debería ser así, ya que el mundo del fútbol es como una rueda gigante que gira eternamente.
Algunos equipos ganan torneos, otros pierden. Al año o en el torneo siguiente, usualmente todo cambia. Las victorias causan euforia, las derrotas depresión. Pasados esos momentos de alteración emocional, todo vuelve a cero y comienza nuevamente como si nada hubiera pasado.
¿Qué es lo mágico que hay en el fútbol que hace que una nación entera se hermane? Es algo raro en países como Brasil, donde el espíritu comunitario (somos mucho más solidarios que comunitarios y más individualistas de lo que se pueda imaginar) y la aproximación entre desconocidos solo se da alrededor del fútbol. Si fuera solo aquí, podríamos imaginar alguna idiosincrasia nuestra, como es el carnaval. Pero el fútbol rebasa idiomas, religiones, razas, culturas, ideologías, países. Como los equipos que a partir del pasado viernes se enfrentan en busca del título de la Copa América.
¿Qué deporte es ese que crea enfrentamientos y los calma, que multiplica rivalidades históricas, fruto de conflictos de tierras entre países vecinos, y al mismo tiempo los pone a respetarse cara a cara en una cancha?
Los otros deportes no crean hinchadas perennes y unísonas; las masas solo aparecen temporalmente en los grandes eventos.
Por eso muchas veces pienso si podremos algún día dirigir este entusiasmo que gastamos en el fútbol hacia algo positivo para la humanidad, pues a fin de cuentas, el fútbol y la tierra tienen algo en común: ambos son una bola. Y atrás de una bola vemos niños y adultos, blancos y negros, altos y bajos, flacos o gordos. Con la misma filosofía, todos a fantasear sobre su propia vida.