El músico-poeta que fue Ricardo Fábrega, abatido por mortal enfermedad, escuchaba sentado en la silla de ruedas. Ésta estaba colocada entre las ruinas de Panamá Viejo, frente al pequeño escenario que el Instituto Panameño de Turismo (IPAT) había construido para las presentaciones folklóricas de verano. Fue un acto muy sencillo, organizado en su honor… la salud del ilustre compositor no permitía homenajes de gala ni muy concurridos.
Se eligió una noche… una noche de bellísima luna llena …Ésta, alumbrando desde lo alto, filtraba su luz por entre las ruinas, impregnando el ambiente de singular fantasía… El organista (¿Lucho Azcárraga?) había interpretado magistralmente varios de los temas musicales compuestos por el célebre autor, impartiendo al selecto público la majestuosa sensación de hallarse ante la inmortalidad.
Así… suavemente… sin interrupciones… nadie cantaba… nadie aplaudía… sin intermedios … se deslizaron hasta los presentes, las notas que penetraron en todos los corazones… y , como si se hubiera recibido una silenciosa orden desde lo alto… el público se puso de pie y cantó el himno “Panamá Viejo”, que Ricardo Fábrega, allí presente, dejó a la ciudad destruida por la codicia y la violencia.
Y es que los preludios a la poesía, cuando los transmiten los músicos- poetas, también suplican porque prevalezca el afecto… como lo hizo el inolvidable compositor, quien en “Panamá Viejo” nos canta: “Yo he vivido soñando el recuerdo lejano/ de las piedras vetustas/ que hablan de heroicidad”…
“Panamá Viejo, tus ruinas sagradas, en noches calladas murmuran frases como plegarias/, y no muy lejos/ entre tus palmas/ nos trae la brisa suspiros leves, llenos de amor”.