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Premio de las Letras


Cuando Juan Ariel Henríquez llegó al teatro Campoamor, en Oviedo, para ser galardonado con el Premio de las Letras, quedó deslumbrado por la fastuosidad del ambiente, el que había imaginado muchas veces desde que la Fundación se lo informara mediante una llamada telefónica. Sintió pavor al recordar que a través de la televisión lo observaba medio mundo, incluyendo a sus compatriotas panameños y a decenas de miles de sus entusiastas lectores.

Desde mayo, cuando empezaron las deliberaciones del comité, Juan Ariel se mostraba muy nervioso porque sabía que en caso de que resultase ganador en tan renombrado premio literario al que había sido nominado, ya no podría hacer nada para detener la avalancha. Había hecho rodar durante mucho tiempo una bola de nieve que no quiso detener desde el primer día, cuando se percató de que nadie se daba cuenta de la manera en que imitaba la obra de un famoso escritor de metaficciones, llena de digresiones, de espejismos y de intrincadas historias dentro de las historias y porque, además, sintió el soplo repentino de la fama, el que lo hipnotizó, impidiéndole dar marcha atrás o por lo menos frenar su casi imperceptible manera de imitar, que tal vez siempre pudo esconder dentro de la compleja arquitectura narrativa con la que se distinguía la mayoría de los libros de Henríquez.

Sin embargo, lo que más lo inquietaba, imposibilitándolo de poder dormir durante noches enteras, era el hecho de haberse enterado, el mismo día en que le notificaron del premio, que uno de los jurados de la categoría de Letras era quien él suponía su más acérrimo enemigo y rival en la literatura por más de veinte años; ¡vamos, el mismo novelista plagiado, y quien además había sido asignado para entregarle el galardón!

 

De allí el innegable nerviosismo de Juan Ariel, quien sospechaba que el otro estaba al corriente de todo y que, sin duda, había esperado con ansiedad ese momento para desprestigiarlo. Los intrincados hilos con que se hilvanan las vidas —pensaba Juan Ariel— no podían ser tan fortuitos. Por eso estaba convencido de que el otro tramaba algo. II

Había desdeñado vestirse de frac y, aunque varios delegados diplomáticos trataron de disuadirlo, él insistió en lucir guayabera blanca esa tarde, si no ¿de qué forma identificarse con su patria, con sus compinches de infancia que ahora residían en las diferentes provincias, de los amigos de adolescencia que tuvo en la avenida Perú y de sus colegas de la universidad donde dictaba cátedra?

Por eso se adentró lo más erguido posible al teatro Campoamor, engalanado con alfombra y cortinajes azules, el escudo de la Fundación plasmado en el tapete del piso en medio del escenario y que separaba a los laureados del jurado. Desde los brillantes palcos que asomaban de las paredes, muchísimas personalidades observaban el acto de premiación con verdadero entusiasmo. Juan Ariel trató de que nadie pudiese percibir cómo traía de agarrotados los dedos de las manos a fuerza de apretarse los nudillos, lo que le había originado un dolor muy fuerte en uno de los brazos. Distinguió a Sus Majestades, los Reyes de España, y a Don Felipe y Doña Letizia, Príncipes de Asturias, en el sitio de honor.

 

Alguien le había recomendado tener calma, diciéndole que lo peor ya había pasado cuando fue objeto de muchas entrevistas por parte de los reporteros, pero él no lo creía y menos ahora, porque los flashes de los fotógrafos y los focos de luz intensa de las cámaras de televisión le impedían ver con claridad.

Finalmente lo localizó con la mirada, en el mismo instante en que su competidor también lo observaba. ¿Era un juego que le hacían sus nervios o era una atroz realidad que el otro le sonreía con burla, como lo haría la muerte cuando después de tratar de evadirla escondiéndotele durante un tiempo, ella finalmente te divisa y se ríe, inexorablemente vencedora? Y de ser así, ¿qué se traería entre manos? Absorto en estos pensamientos, Juan Ariel sudaba copiosamente, a pesar de que era octubre y una fresca temperatura otoñal hacía de Oviedo una ciudad entrañable.

La ceremonia del acto de premiación seguía su curso tocándole a uno de los jurados de cada categoría expresar unas palabras antes de entregar la medalla y el pergamino a los ganadores.

 

Se entregó el Premio a las Artes a Pedro Almodóvar; a Mary Robinson el de Ciencias Sociales; el de Comunicación y Humanidades a National Geographic; el de Concordia a la UNICEF; el de Cooperación Internacional a la Fundación Bill y Melinda Gates; el de Deportes a la Selección Española de Baloncesto; el de Investigación Científica y Técnica a Juan Ignacio Cirac y el de Letras a… y pronunciaron su nombre en el mismísimo momento en que Christian Anderson, el temido escritor y jurado se puso de pie.

Juan Ariel Henríquez también se irguió de su asiento, pretendiendo mostrar el aplomo que no tenía, con las manos apretadas detrás del cuerpo para que no se percibiera su temblor.

III

 

Todavía no podemos confirmar si fue un ataque al corazón lo que le produjo la muerte —decía micrófono en mano la periodista—, pero la noticia ha dado la vuelta al mundo en cuestión de instantes. Es más, millones de personas pudieron observar cómo caía de bruces el laureado escritor panameño en el mismo momento en el que el famoso novelista Christian Anderson iba a empezar a elogiar su obra.

Esto es todo lo que sabemos por el momento. Apenas tengamos mayor información se la transmitiremos”.

IV

Una vez terminada la ceremonia, por unos momentos interrumpida, y mientras los paramédicos sacaban del recinto el cuerpo de Juan Ariel Henríquez, ganador del Premio de las Letras; Anderson salió a tomar un poco de aire fresco y se lamentó de la muerte de su contendiente en la literatura. Habían sido precursores de la misma técnica para escribir y, a veces —se confesaba para sus adentros—, fue a beber de ese otro manantial, rico en ingeniosas y creativas ideas que él mismo, pensaba Anderson, nunca había podido superar.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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