Vamos a hacer un ejercicio de imaginación. Les propongo un juego, imagínense, mientras van leyendo lo que sigue, que ustedes son propietarios de una casita. Me vale igual un apartamento o una mansión. Lo que sea, es suyo. Bastantes años tardaron en acabar de pagárselo al banco. Bastantes desvelos han sufrido. Muchos meses las pasaron canutas para conseguir el dinero para la letra. Pero lo lograron. Son dueños de un pequeño paraíso.
Lo tienen decorado a su gusto. Le han hecho mejoras. Baldosas bien brillantes y bien bonitas. Pintura nueva todas las navidades. Rejas blancas en las ventanas. Columnas en el porche. Ya saben. Lo típico. Y si el vecino puso dos leones de cerámica encima de las pilastras que flanquean la puerta de entrada, ustedes ponen una parvada completa de cisnes, más grandes que los leones sedentes y bien bonitos. Se hacen a la idea, ¿no? Sí, vale.
Pues entonces ahora imagínense que llegan unos cuantos vendedores de lotería y se instalan, mesitas plegables en ristre, en su terraza. Y ya. Así, con dos cojones y su cara de concha.
Y ya. Allí se acomodan. Llegan los días que hay que vender, se sientan y empiezan a parlotear y a anunciar sus números. Los vecinos están felices, claro, porque así no tienen que bajar por sus chances, los tienen al lado de casa.
¿Le agradaría ese escenario? ¿Quizás (confiéselo, venga, nadie lo va a escuchar) está pensando en salir con un bate y liarse a batazos con ellos?
En este país tenemos un grave problema de ‘pobrecitismo’, pobrecitos los billeteros. Pobrecitos los que invaden terrenos y luego ¡exigen! que les pongan agua, luz y carretera. Pobrecitas las madres que tienen hijos sin padre conocido a razón de uno cada año y medio, aproximadamente, y a las que el Gobierno, en su infinita misericordia quiere darles subsidios. Pobrecitos. Pobrecitos los que encajonan sus fonditas donde les sale de los forros, se enganchan al alumbrado público, ponen tres mesas y en tres meses tienen diez y pasan las peleas de boxeo en una televisión de plasma. Pobrecitos. Ellos también tienen derecho a vivir.
Y no, señores. Nadie les niega ese derecho, pero sería estupendo que, ya que estamos en un estado democrático y no comunista, ellos respeten los derechos de los demás. Los derechos de los propietarios que quieren tener sus casas sin billeteros, o sus terrenos sin invasores. O las aceras sin fondas que no pagan impuestos. Nadie habla de los pobrecitos de la clase media que nos sacamos la mugre trabajando. Que nos esforzamos para tener ganancias suficientes para pagarles los sueldos a los que trabajan para nosotros, y los decimoterceros meses, y las vacaciones. A los que cuando nos toca pagar los impuestos nos tiemblan las piernas y nos entran ganas de llorar.
Los rabiblancos, en este país, (y en cualquier otro país) están más que frescos, tienen prebendas y enmiendas a las leyes que (oye qué casualidad) siempre los favorecen. Su dinero está a buen recaudo en los paraísos fiscales que no son precisamente este istmo. Sus hijos tienen la vida asegurada aunque no reciban becas del IFARHU (y aun así, algunos, hasta las reciben).
La clase baja tiene subsidios en el gas, por escolarizar a los hijos, por fin de año y por remodelación.
¿Y los que estamos en el medio del sándwich, qué?
Nosotros, los que tenemos la suficiente vergüenza para no montar nuestro tenderete en propiedad ajena, y a los que se nos cae la cara de vergüenza antes de robarle la luz del vecino estamos bien jodidos. En serio, pobrecitos nosotros.