La cita con que abro este artículo corresponde a una canción popular que estuvo de moda en la década del cuarenta del siglo pasado. Y viene a mi memoria debido a la situación que afronta desde hace algún tiempo Bella Vista y su playa. A mis 88 años creo ser una de las pocas personas nacidas y criadas en ese barrio, aún con vida.
Mis padres, Harmodio Arias y Rosario Guardia de Arias establecieron su hogar allí en 1916, en la calle Colombia, frente a lo que vino a ser, muchos años después, el parque Urraca. Allí nacimos sus cinco hijos, fuimos bautizados en la iglesia de San Miguel y residimos allí hasta que nos casamos.
Después de la muerte de mi papá el 23 de diciembre de 1962, mi madre se mudó a una más pequeña en el mismo barrio. Cuando construyeron los edificios para la Exposición Internacional del 25 de septiembre de 1916 y luego del Hospital Santo Tomás en 1922, ya Bella Vista tenía sus tres calles: la 44, 45 y 46, bordeadas de palmeras y era un barrio constituido.
Desde sus inicios, Bella Vista introdujo un cambio total en el concepto de la vivienda, que hasta entonces, prevalecía en el Casco Viejo de la ciudad. Sus nuevas residencias eran construidas en terrenos de mil quinientos a tres mil metros cuadrados, casi siempre de dos pisos y rodeadas por jardines y árboles frutales. Tenían vestíbulo amplio de entrada, sala, comedor, cocina y cuartos de servicio en el primer piso. Algunas tenían una biblioteca en el piso bajo, el número de baños iba de acuerdo con la cantidad de recámaras y casi todas tenían un amplio balcón con más o menos dos y medio metros de ancho que bordeaba dos lados de la construcción. Generalmente tenían uno o dos garajes, pero sus habitantes usaban mucho el tranvía porque la calle que nos unía con Calidonia y la Plaza Cinco de Mayo era de piedra suelta.
La playa de Bella Vista se extendía desde Punta Paitilla hasta lo que fue, hasta hace algunas semanas, el Parque Anayansi, donde quedaba entonces el astillero de la Familia Pinel. Un poco antes estaba el lugar donde desembarcaban el ganado que venía del interior para el matadero, pero el corral estaba en tierra firme y sólo mientras estaban desembarcando era imposible bañarnos en la playa.
Con el tiempo se rellenó la costa desde La Exposición hasta el Club Miramar, para luego construir la avenida Balboa, pero con dos vías solamente.
Se comenzaron a levantar edificios de departamentos de tres y cuatro pisos. Tengo la impresión de que el Club Miramar fue construido cerca del año 1928 en un sector de tierra firme que sobresalía hasta la playa de arco natural que ésta tenía. Varios años después de cerrado el Club Miramar, a mediados de los años cuarenta, se estableció allí el Colegio La Salle de los Hermanos Cristianos.
Frente al Club Miramar, muy afuera, se había construido un rompeolas, pero éste no impedía la continuación de la playa y sólo lo veíamos cuando estaba bastante baja la marea. Allí vivimos felices los muchos residentes de Bella Vista, bañándonos casi a diario en la playa, en compañía de los que, en el tranvía, llegaban desde la ciudad a deleitarse con la brisa marina, la vista de su bahía, el Casco Viejo, el mar, las islas de Amador y, un poco más lejos, Taboga y Tabogilla.
Estos regalos nos los hizo Dios para que los disfrutáramos todos los panameños a través de los años, no sólo unas pocas generaciones.
En 1955 se le había permitido a un club privado de Yates y Pesca, instalarse donde había estado el Astillero Pinel y varios años después, durante la presidencia de Basilio Lakas le agregaron rellenos y privilegios, todo esto pagado al fisco sólo un centavo por metro cuadrados al mes; construyeron en dichos rellanos enormes galpones, muelles, un muro bordeando la avenida Balboa, que terminaron por hacer desaparecer la playa de Bella Vista y quitarle gran parte de la vista a la bahía desde avenida Balboa.
Como el Club de Yates y Pesca no había conseguido taparnos del todo la vista a nuestra Bahía, se permitió la construcción de las dos torres para el Hotel Miranar y para departamentos, permitiéndose de nuevo a una entidad privada el uso de la playa, dándole permiso a que uniera el rompeolas con tierra firme con el agregado privilegio de pagar sólo dos centavos el metro cuadrado por mes, construyendo además rellenos para estacionamientos, veleros, etc., en playas que pertenecen a todos los panameños.
En víspera de elecciones, el ministro del MOP, Benjamín Colamarco, decide construir la Cinta Costera dándole de nuevo al Club de Yates y Pesca, una serie de privilegios para las construcciones de sus galpones, muelles, etc., que puedan necesitar, sin consideración alguna de los derechos de los panameños a disfrutar de su bahía.
La información dada, con gotero, sobre lo que constituiría la Cinta Costera no nos aclara qué será construido allí, a quiénes más se les han hecho concesiones, dónde estarán los edificios, su tamaño ni su altura, dónde estarán las áreas verdes, cuán altos serán los edificios, etc.
En Bella Vista como en otros barrios, se han ido destruyendo árboles, edificios y residencias no sólo bellísimas sino históricas, para reemplazarlas por una jungla de vidrio y cemento, que además, nada tiene que ver con nuestro clima... Sin razones válidas fueron destruidos el Hotel Tívoli, el Hotel Aspinwall, el Casino ubicado en Perejil, etc. Nuestra ciudad será pronto sólo un centro de vidrio y cemento, con automóviles que no tendrán espacio para transitar, autobuses y taxis que pasarán encima de ellos, con agua y electricidad racionada, con muchas cantinas, restaurantes y casinos, etc., dedicados a un turismo millonario que se moverá en helicópteros.
Pero los panameños, además de felices, somos felicianos. Tenemos un Ministro de Educación a quien el Presidente de la República le envía el Ministro de Relaciones Exteriores a supervigilarlo, un presidente de la Asamblea que declaró recientemente que "los diputados son dirigentes territoriales", unos Padres de la Patria, elegidos por voto popular cuyos esfuerzos se concentran en lograr más privilegios para reelegirse, un legislador que hace alarde de no asistir a la Asamblea, un reelecto Rector de la Universidad de Panamá que se puede dar el lujo de bajar el índice académico, varios Decanos de Periodismo que se suceden entre sí y que fueron censores durante la Dictadura Militar y, por supuesto, muchísimos exitosos profesionales educados con fondos del IFARHU, cuyos para su educación no han cancelado. Pero no los podemos culpar, porque en nuestras escuelas y universidades enseñan algo, pero no educan. A ellos nadie los ha educado para sentir responsabilidad cívica y exigir justicia, a pensar por sí mismos y así convertirse en valiosos ciudadanos para esta patria que tanto los necesita. Pero... qué importa, si así, felicianos, somos el centro del mundo, corazón del universo y el mundo nos mira.