“Irritado por el semen, se hincha el sitio, y nace el deseo” Lucrecio
—¿De cuándo acá eres filósofo? –pregunta Tito Piedra.
—Desde que pienso –le contesto.
—Pero el pensar no te hace filósofo. La filosofía tiene su gente, los sabios, los académicos que enseñan en universidades y escriben libros como “La cuadruple raíz del principio de razón suficiente”.
—Vaya, Tito, estás leyendo a Schopenhauer...
—Tas loco, eso lo anoté solamente para desenmascararte. Dame un ejemplo de tu “Mente vagabunda”
Aquí tienes:
«El orgasmo libera las endorfinas (que son las morfinas interiores). Como quien dice, el orgasmo es un magnánimo juez que le concede libertad bajo fianza al narcortraficante que reside en nuestro cuerpo y le da carta blanca para que nos drogue y nos haga sonreír. La encefalina es la carretera hacia el cerebro y éste es el que dirige las sensaciones. ¿Que esto no es materia filosófica ni literaria? Para mí sí lo es. Estoy rumiando la verdad que puede haber en los sentidos. Trate de imaginar a Victor Hugo, a Shakespeare, a Quevedo, a Cioran, a Heiddegger, a Gabo, a Nietzsche y a Sartre, arrastrando a la filosofía y a la literatura contra un paredón, donde someterán a estas dos señoras a interrogatorios, con insistencia tan necia y sabia como ellos son capaces, para que confiesen su fin último. Estoy seguro que por cansancio, y para quitarse de encima el fastidioso interrogatorio, la filosofía diría lo mismo que la literatura, que su finalidad última no es otra que la de dirigir al hombre a su propia felicidad. Y tal vez añadirían después de la obligada confesión –al estilo de Galileo, en voz baja–: «Y por favor, déjennos libres. No podemos estar de espaldas contra una pared, ni sujetas por los brazos, ni limitadas a contestar una pregunta, ni amenazadas por la lógica, porque bajo presión, jamás diremos la verdad.».
(…)Comprobamos como nunca la idoneidad de los sentidos cuando los usamos en el acto sexual. En ese momento, el sistema nervioso no acepta otra función que no sea la interacción de los sentidos de la pareja. ¡Por todos los dioses!, eso es sensualidad. Y endosada a la sensualidad, el erotismo. La sorpresa que brinca lo convencional, el beso inusitado, el toque de la pirámide, la frase cruda que moja las sábanas. La poesía del erotismo es el mecanismo con el que la inteligencia logra rescatar al acto sexual de la frivolidad pecaminosa en que lo han querido ahogar.
—¿Qué dices, Tito?