Miedo a exponerse. Miedo al qué pasará. Miedo al mañana. Miedo a la cárcel. Miedo a la crítica. Miedo a los electores.
Miedo…
El miedo, ese recurso de supervivencia que les permitió a los hominidillos de hace varios millones de años sobrevivir en un ecosistema totalmente hostil, hoy nos paraliza en un marasmo de intenciones poco claras y mentiras medio dichas.
Los políticos tienen miedo. Se pasan la vida cagándose por las patas abajo. Tienen miedo de perder y tienen miedo de ganar (aunque no lo reconozcan, porque ser oposición es más fácil y más descansado). Tienen miedo de hacer y tienen miedo de no hacer. Tienen miedo con razón, porque generalmente, en éste país, se usa el palo cuando bogan y se usa de nuevo cuando no bogan.
Creo que la imagen está clara, los que mandan en éste país están acojonados. Y actúan en consecuencia. Cada uno manejamos el miedo de una forma diferente, algunos nos echamos a temblar y nos quedamos paralizados, otros nos escondemos debajo de las sábanas, convencidos de que el asesino despiadado nunca nos encontrará por el bulto que hacemos. Y otros se ponen chulos y tratan de enmascarar su terror a base de baladronadas, y siendo cobardes, blasonan de valientes.
Hay que entender de esta manera muchas de las actitudes que los políticos del patio tienen.
Ese bajarse los pantalones ante los malditos diablos rojos una y otra vez. Ese dejar que los fanáticos religiosos hagan y deshagan leyes a su antojo bajo la premisa de ser los únicos que saben descifrar los deseos de un dios cualquiera.
Es ese miedo el que muchas veces los paraliza o hace que huyan hacia delante.
Es triste pensar que nos gobiernan pusilánimes que no son capaces de asumir que lo malo no es el miedo, que lo malo es el no saber qué hacer con él. Y también es muy triste pensar que somos gobernados por miedos tan estúpidos como el miedo al ‘qué dirán’.
En vez de tomar el toro por los cuernos y enfrentar sus responsabilidades, se embarran en posturitas demagógicas y estúpidas. Decretando subsidios, aceptando imposiciones y no imponiéndose por no molestar. El pedir permiso una y otra vez por el miedo a tener que pedir perdón.
Pues mal vamos si los gritos de los que protestan son más fuertes que los razonamientos. Si las pedradas y los cierres de calles atemorizan hasta el punto de acallar raciocinios, mal vamos.
Vamos por el mal camino cuando los que, supuestamente, tienen que hacer cumplir la ley tienen miedo a destapar los desaguisados del otro no sea que se descubran en el camino los suyos. Se les ve el miedo en el semblante. Se les nota el temblor en la voz. Todos viven en un estado de terror perpetuo. Se rodean de guardaespaldas y portones tratando de mantener a raya el culillo.
No sé si se han dado cuenta de que no hago distingos. Mal vamos cuando ya pocos confían en alguno y cuando los que los defienden lo hacen por fanatismo o por miedo.
Vamos muy mal por la sencilla razón de que el día que los que no protestan, ni cierran calles, ni gritan, ni amenazan, se cabreen de una vez por todas y enarbolen, de verdad y sin miedo, su rabia contenida por tantos años, aquí se va a formar la de Dios es Cristo y la sangre correrá sin freno calle abajo, arrastrando en ella tanto a los subvencionados como a los que subvencionan.
Y no es por nada, pero eso sí debería darnos miedo. Mucho.
*(Antropóloga, actriz y escritora)