En menos de dos meses, la agenda noticiosa del país ha sido matizada con tintes del pasado, gracias a la presencia de figuras que, si bien es cierto son parte de nuestra historia, se les ha dado un rol protagónico que raya en lo absurdo.
Primero fue la llegada del exgeneral Manuel Antonio Noriega, con señuelo incluido; y este fin de semana, los faros se posaron sobre el féretro del expresidente Arnulfo Arias Madrid.
Es cierto que ambos, en su momento histórico y dentro del rol que les correspondió desempeñar, son parte de la historia nuestra, pero todo el ambiente previo, la cobertura y los episodios que nos han transmitido, principalmente los medios electrónicos, rayan en la exageración, por eso es que el panameño común no le encuentra sentido ni mucho menos interés a estas actividades, que tienen más sabor político y de distracción que de transmitir un mensaje aleccionador.
En el caso de Noriega, parece que su llegada, después del sobresalto inicial, ha bajado a intensidad cero y que estando aquí nos olvidaremos más rápido de él, que cuando estuvo de inquilino en las prisiones de Estados Unidos y Francia.
Por su parte, el funeral de Estado y el traslado de los restos del doctor Arnulfo Arias a su ciudad natal correrán la misma suerte dentro de unos días: quedará en el olvido.
Todo, porque como pueblo hemos avanzado mucho en ciertos estadios, pero en otros andamos a gatas. Hay quienes siguen pensando en el momento, en la oportunidad, en el cálculo político, en la inmediatez.
Estamos carentes, o tenemos muy pocas personas con poder de decisión, interesadas en registrar de manera rigurosa, ordenada y científica los hechos y personajes de nuestra historia, y prefieren el espectáculo mediático y explotar la sensibilidad de la gente, en vez de legar un homenaje eterno que sea tangible y que a todos nos ilustre por igual. De eso nada, porque para ellos lo que importa es que el “show” debe continuar.