“Seamos realistas, pidamos lo imposible!” Lema en 1968
Recuerdo con nostalgia mi idealismo primigenio, cuando el librero de Panamá, Amador Fraguela, nos vendía –a veces nos regalaba–, por la puerta de atrás, los formidables libros de Proudhon, Weber, Marx, Bakunin y mi favorito el Conde Kropotkin. Los leí en camarotes de diferentes barcos en diferentes mares. Y cada vez me sentí más diferente.
En mis lapsos en tierra, encontré amigos que hervían con la misma fiebre: Iván Zachrisson, Mario Calvit, José Franco, Nodier Jaramillo. Conversé larga y productivamente con seres pensantes como David y Tito Turner, con Rafael González y el profesor Hugo Víctor. En los primeros cuatro años de la Revolución Cubana, me hubiese dejado matar por Fidel. De hecho, en un cabaret, Daniel Santos cantaba una canción revolucionaria, y me levanté a defenderlo porque de varias mesas lo abucheaban. Salí con los ojos hinchados, pero sintiéndome más revolucionario que nunca. ¡Ya conté eso!
Con la gesta de 1964, se avivó el fuego que me consumía. A pesar del culillo por los disparos, amanecí en los predios de la Asamblea. No me encontró una bala perdida porque yo era una bala perdida.
¡Vaya tiempos! Se diluyeron dejando solamente una profunda melancolía. ¿Qué viento secó las lágrimas que derramé viendo a los obreros de la construcción trabajando en los primeros edificios de Paitilla. Pensaba en Kropotkin: «ellos jamás podrán vivir entre las paredes que levantan». Ahí la injusticia humana. Cada cual tiene el derecho de vivir, y la sociedad debía repartir entre todos, sin excepción, los medios de existencia que dispone: «Desde el primer día de la revolución, el trabajador sabrá que una nueva era se abre ante él; en lo sucesivo nadie se verá obligado a dormir bajo los puentes, ni arrimado a los palacios; ni pasará ayuno mientras haya alimentos. ¡Todo para todos en principio y en realidad! Que en la historia de la revolución se piense en las necesidades del pueblo antes de leerle la cartilla de sus deberes».
¿Qué pasó con mi pesar de ver a hombres marchar sumisos a las fábricas de los capitalistas, y qué de aquellas revoluciones que inflamaron mi pecho? Se desmoronaron como el muro de Berlín, se congelaron en tétricos lemas sin sentido: ”Patria o muerte”; se pudrieron bajo el cúmulo de tonterías peligrosas de los frenéticos sucesores de Bolívar.
Todavía creo que es triste vivir sin ideales, por eso hago mi esfuercito aquí, como obrero de las palabras.