“Cuando soñamos que soñamos, está próximo el despertar” Novali
En estos tiempos de Cuaresma, durante cuatro viernes, Mili pone en la calle una mesita con un bonito mantel, un crucifijo, un florero y una velita. Igual hacen varias vecinas en el frente de sus casas. Luego, se reunen en lo alto de la calle y bajan haciendo paradas con rezos y cantos delante de los crucifijos. Por mi parte, yo ayudo poniendo la mesita y hasta prendo la velita con aire devoto demostrando respeto por la fe. Cumplido lo cual, vuelvo más que de prisa a mi canal de Films & Arts.
Este viernes, con el portón del estacionamiento abierto, salí a la calle cargando la mesita. En la acera sentí que subía una brisa helada, coqueta y bienhechora. ¡Gracias, gracias, Viento del Norte! por este alivio al candente día que habíamos sufrido. Como no puedo con mi desaforado talento histriónico, adopté una posición del Tai Chi para impresionar a mi esposa. Abrí piernas y brazos, e inicié movimientos lentos como queriendo modelar el aire. Sentí en los pies las botas de siete leguas. Mis brazos se convirtieron en alas tan grandes como las de Pegaso. Perdí peso y gané espacio. Además, entré en una profunda meditación. Más que nunca sentí mi identificación con el universo. ¿Identificación?, qué va. Me fundí con el insoportable espacio. Mi alma me abandonó y el cuerpo pretendió seguirla en un desmenuzamiento de partículas elementales. Pasé, como un soplo, por bosques de galaxias. Ancho. En un instante sentí que me concentraba como una estrella enana para conocer mi infinito interior. ¡Arriba! ¡Abajo! ¡A los lados! ¡Mírame, Pascal, una esfera cuyo centro está en todas partes! Carajo, me gradúo de panteísta. El pensamiento es lo único que todavía me hace humano. Ni siquiera la fuerza que yo más respeto: la gravitatoria, me pone condiciones. ¡Nunca he sido tan libre! Sin deudas, sin hambre, sin miedos. Dispersas las penurias de los huesos y del amor, concentrado el pensamiento en una bola más pequeña, pero más llena que la pelotita de tenis del Aleph de Borges. Yo y los dioses del tiempo infinito, festejábamos en mi hipotálamo.
«Deja las luces prendidas hasta que pasen todos». ¡Plash! La orden de Mili me desinfló. El gato y yo entramos silenciosos a la casa.