El jazz va tomando auge en Panamá después de décadas de trabajo arduo por parte de personajes y organizaciones, algunos olvidados por muchos o desconocidos del todo por las nuevas generaciones.
Los programas radiales de Roberto Mariett, Ernesto Crouch, Ray Fernández, César Villalobos, este servidor y más recientemente Noris Miranda, Derek Irving y Octavio Arosemena (y seguramente que muchos más, quizás desde que comenzó la radio en Panamá) son fiel testimonio de esta realidad.
Asociaciones como Jazz Unlimited, por quienes pudimos escuchar a verdaderos gigantes como Dexter Gordon, Phil Woods, Gerry Mulligan, Mauricio Smith con Jorge Dalto, Nicky Marrero y Patato Valdéz, o la Fundación Violeta, que nos brindó al incomparable Gerry González y su Fuerte Apache, Mike Stern, Poncho Sánchez, Paquito de Rivera, Gato Barbieri, además del Festival de Jazz organizado por el pianista Danilo Pérez y comitiva, por quienes hemos escuchado a músicos del calibre de Steve Turre, Joe Lovano, Jack DeJohnette y tantos más, son otros ejemplos.
Ernesto Crouch, cuando organizó eventos y presentó varios artistas desconocidos para nosotros pero de gran calidad; la Embajada de los Estados Unidos que hace 15, 20, 30 años atrás trajera músicos de primera línea como Duke Ellington (han perdido el camino en cuanto a calidad pero están a tiempo si trajeran a Sonny Rollins, Arshie Shepp o Keith Jarrett que aún viven) y finalmente el Festival de Jazz de Boquete que atrae a excelentes músicos jóvenes europeos.
A parte de todo esto, los magníficos artistas panameños que cultivaron el estilo y construyeron la base sólida actual; intérpretes del peso de Víctor Boa, Gene White, Clarence Martin, Fred Ramdeen, Bat Gordon, Set Rose, Carol Greaves, Danny Clovis, Betty Williamson, Violeta Green, Bárbara Wilson, Rubber Legs, Reggie Boice, R. Johnson, Alberto Phillips…
Pero debe haber un proceso continuo en cuanto a la educación histórica y auditiva del estilo. La gente asiste a los conciertos y abarrotan el Parque de Catedral, pero una vez que todo acaba la mayoría entra en un "sueño" que dura hasta el próximo evento que puede durar meses en darse. Esto no debe ser así, más aún cuando somos bombardeados todos los días por fuerzas comerciales que, a manera de repetición, intentan vendernos lo que no es por lo que es. Cualquier sonido levemente exótico se mercadea como jazz (Kenny G.) y esto hace un gran daño a la música porque este es un género muy serio, repleto de héroes como Parker, Chet Baker, Holiday, Lester Young, Albert Ayler, Fats Navarro, Monk, Brecker, que sacrificaron sus vidas para que nosotros tuviéramos aunque fuera una breve visión de cómo es el cielo y la música de los ángeles. Pero necesitamos de orientación. La mayoría de los comentarios que recibimos en Panamá son por parte de las publicaciones más comerciales de los EE.UU, todas ellas comprometidas con contratos publicitarios que les hace imposible ser objetivos con la música.
La discografía jazzística era manejada años atrás por individuos y hasta hermanos que amaban el estilo y sus intérpretes. Eran sus amigos y confidentes y estaban siempre en busca de una voz original. Hoy las corporaciones reemplazan esta situación y lo que se pretende no es ya ofrecerle al público un abanico completo del mayor género creativo (de Braxton a Bill Evans, y de Ayler a Stan Getz) si no imponer un gusto homogéneo, sintéticamente formulado en donde los productores y directores artísticos deciden qué es lo que se está vendiendo, como si el jazz fuera correas o zapatos o carteras de mujeres).
Es decir, los que manejan hoy el mercado (me refiero a las grandes compañías, no las más chicas que aún hay buenas pero sin mayor distribución) quieren hacerlo como se hace con la música "pop", que es inflar a un talento muchas veces de dudosos méritos hasta alturas celestiales a punta de un bombardeo publicitario totalmente desproporcionado. Necesitamos entonces de personas desvinculadas de cualquier interés comercial o personal que se atrevan a separar el trigo de la paja y que estén en esto porque ante todo aman la música y no porque se hacen de un dinero más o menos fácil con ella o porque les permite figurar ante un público que no sabe y que se come cualquier cuento.