Cuando el hombre sencillo sube a los barrios bajos de la poética para transgredir lo cotidiano y se involucra con nuevas maneras de decir y nos dice cosas nuevas con palabras que reconocemos, acontecen verdaderos prodigios.
Tal es el caso del poeta e ingeniero Raúl Ávila y su opera prima: El laberinto del caracol solloza, que acaba de editar la Universidad Tecnológica de Panamá, además y, reiterando su rol como punto nacional de cultura, ha hecho el lanzamiento del título bajo la nueva Colección Círculo Cero.
Mientras leía el cuaderno, oscilaba de la sorpresa a la maravilla.
(La perfección: la rosa, la mosca, por cada sorbo una palabra).
Me asomaba a una ventana, y escuchaba las proclamas del poeta de La Chorrera; miraba para otro lado, cuando hilaba delgado, acometiendo el tema erótico; tamborileaba sobre la mesa, cuando el ritmo tomaba posesión… También está el texto críptico, el simple como hoja que cae del árbol. Con razones y corazones contó el autor para contar al mundo su viaje. Aquí hay un poeta, expresándose con palabras mayores en la brevedad de sus textos, deduje.
El libro es síntesis de un ejercicio de observación y de muy buen manejo de lenguaje y nos entrega como referentes el día a día del poeta y su relación con el prójimo, la ciudad y la historia del país.
(Los poemas son amuletos que uno guarda para vivir a diario).
Se soporta en un estilo personalísimo. Bien dice Buffon: “el estilo es el hombre”. Es un cuaderno que señala rutas a lo cotidiano con cierta voluntad imprecatoria. A veces visceral, a veces elemental, pero siempre expresado con pinceladas de ingenio y ternura.
(En verdad les describo lo que percibo este día apenas).
Tiene su palabra un espacio, tiempo para la mujer, la compañera:
(Guardo muy seguro tus encantos, el celo y tus ganas… nunca hablo con las manos llenas).
Condensa su poética el universo y sus dioses y todavía cabe la palabra, ríspida para aguijonear las injusticias. Como en la siguiente enumeración caótica:
(Huelga inmolada los obreros, la sangre, los muros, las calles, los antimotines, las pancartas).
Sus versos son vívida expresión sin alaridos, del día a día. No hay fingimientos, con franqueza viril, Ávila entrega estos gestos con fresco acento y con una voz madura.
Raúl Ávila deja para la trascendencia sus palabras al vuelo.