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Reminiscencia


Al promediar la segunda hora de la madrugada, Bruno Espacavento salta como un resorte de su cama, impresionado por los desesperados gritos que retumban en el salón, provenientes del otro extremo del pasillo.

Medio dormido aún, toma del estante su revólver, abre la puerta de la alcoba, sale al corredor y penetra en la habitación de Silvana, su madre, quien se halla sentada al borde de la cama, mostrando en su añejo rostro una mueca de intenso dolor.

Bruno lanza un profundo suspiro, mientras en su mirada asoman reflejos de misericordia. Enseguida, esconde su revólver debajo de la camisa de su pijama a cuadros y se sienta al lado de la mujer.

 

—¿Qué te sucede, mamá? ¿Por qué gritabas? ¿Qué te asustó?

—Nada, hijo -contesta la mujer, ahogando un sollozo mientras clava la mirada en el piso- es el dolor. Me duele demasiado.

—Pero... ¿qué te duele?

 

—La pierna derecha, hijo mío, la pierna derecha. Me duele mucho, siento intensos calambres que me hacen llorar.

—¿La pierna derecha? -pregunta él con incredulidad-. Debe ser la izquierda, madre.

—¡Es la derecha, la derecha! -insiste-. Hace cuatro días me dolió un poco y sentí que los dedos del pie se me torcían hacia arriba, pero hoy se ha incrementado y ya no soporto los calambres.

 

—Pero es imposible, mamá. Usted la perdió hace ya bastante tiempo. ¿Se le olvidó que, por su diabetes, se la amputaron...?

—¡Sí, sí! ¿Cómo lo voy a olvidar? ¡Pero me duele, te digo, me duele...! ¿Podrías llamar al médico, por favor?

Más tarde, después de examinarla, el veterano doctor se pregunta si se trata de simple imaginación, de una crisis neurótica o es producto del delirio o de la hipocondría. Sentado en pose de reflexión rodinesca al lado de la enferma sedada por los medicamentos, el médico escudriña en la enmarañada complejidad de los recuerdos, y trae a la mente los estudios realizados sobre ese síndrome.

 

El hijo se levanta de la poltrona donde ha permanecido en silencio y pone la mano sobre el hombro al doctor, apesadumbrado.

—¿Qué le pasa a mi madre, doctor? Es la edad, ¿verdad?

—¿Le edad? La edad no duele así... son los recuerdos.

Acto seguido, toma la prótesis de la mujer y recorre con sus dedos aquella pantorrilla de plástico con sus articulaciones metálicas, haciendo resonar con los nudillos la rígida curvatura que simula el talón de Aquiles. Su diagnóstico no es el de un médico, pero es el más exacto:

—Son los recuerdos los que le duelen... esos dolorosos fantasmas aferrados a la memoria y que nunca nos abandonan.


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689623
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América