Lo que faltaba. A alguien con ingenio, pero sin sentido común, se le ocurrió que el Himno Nacional recibiría más atención si el tono marcial del mismo trascendía hacia tonadas más banales y que tuvieran como consecuencia el aceleramiento del contoneo de las caderas de escuchas y bailadores.
La infeliz iniciativa, según se ha dicho, se hizo realidad hace mucho tiempo, pero no es hasta ahora que tomó cuerpo, ocupó espacio en los medios de comunicación y generó reacciones en círculos oficiales y académicos.
Es el segundo incidente que se produce con uno de los símbolos patrios en menos de dos años, lo cual es indicativo de que algo está torcido en cuanto a valores que tienen que ver con la conciencia cívica, el orgullo nacional y el patriotismo.
Meses atrás fue la presencia de una herramienta extraña en el Escudo Nacional que estaba impreso en el pasaporte oficial y ahora la degeneración de la música del Himno Nacional hacia un ritmo asociado con la vida nocturna y la francachela.
Del exterior llegan constantemente imágenes y mensajes que nos inclinan a pensar que lo importante es el fin y no el medio. De allí que algunos himnos nacionales-pocos por cierto- se interpretan en función del espectáculo, del momento histórico y hasta en atención al estilo de quien lo canta.
Aquí siempre ha sido distinto y eso nos hace diferentes.
No se trata de nombrar otra comisión de análisis y mucho menos de crear una nueva ley sobre los usos que deben darse a los símbolos patrios, sino de acentuar en la conciencia -especialmente de los más jóvenes- conceptos relacionados con el manejo que deben observar con respecto a estos íconos que representan los orígenes de la República y la decisión que tomó un grupo de compatriotas para dotarnos de un emblema, un escudo de armas y de un himno que nos sirvieran de inspiración y nos identifiquen ante la faz del mundo.
¡Nada que ver con ‘remix’, luces de colores ni cabezas huecas!