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Resguardo a prueba de baños

Escribiendo cuentos siento la potencia misteriosa que de niño me permitía viajar a las estrellas cerrando fuertemente los ojos. Ahora salgo de un cuento para


Escribiendo cuentos siento la potencia misteriosa que de niño me permitía viajar a las estrellas cerrando fuertemente los ojos. Ahora salgo de un cuento para meterme en lío o viceversa. Ojalá los cuentos fueran virutas de hierro y yo imán. A veces siento ese efecto. Sé que funcionó con el grupo que frecuentaba en el Café Coca Cola. Ese Café, todo el mundo lo sabe, era concolón de historias. Cada habitué era un quintal de cuentos. Y había quienes eran el cuento. Allí pude husmear sobre un personaje cuya espectacularidad era ser el ciudadano con más apodos de toda Panamá: “Chema”.

Entre las nueve y las once, Pipo, Fito, Toño y yo, ocupábamos una buena mesa, de las que dan a la Central, donde podíamos ver circular más y más mujeres. Ahí se nos pegaba “Chema”, al que por eso añadimos un apodo más: “Crazy Glue”.

Poco a poco, por insistencia de Pipo, pudimos poner en blanco y negro una parte de la biografía de Chema que lo llevó hasta su último apodo: “Matías Matatía”. Pero no me meteré en ese timbal.

Hoy, solo presentaré a su tía política: Josefa, señora que, sin ser espectacular, no pasó desapercibida por el mundo. Supersticiosa, como buena jugadora de lotería, poseía un resguardo considerado de los más poderosos: un colmillo de serpiente cascabel envuelto en una imagen de La Magnífica, atado con cinta roja previamente bañada en borra de café, rezado con padrenuestro al revés y puesta a secar al sol en la mañana de un catorce de enero, día de San Malaquías. Siempre llevaba el garantizado amuleto metido en el corpiño. Los primeros cinco años lo resintió, pues le puyaba los senos y algunas veces crujía cuando hacía movimientos rápidos hacia los costados, o al agacharse; luego se acostumbró tanto que parecía formar parte de su cuerpo. Logró reducir el resguardo al tamaño de foto de pasaporte y lo metió en un sobre plástico –tuvo que hacerlo porque ya el humor de su cuerpo había intentado desglosar la cinta, borrar la imagen y cariar el colmillo–. Cuando los años rindieron la altivez de sus pechos, decidió resguardar el resguardo debajo del caído seno izquierdo y asegurarlo con esparadrapo de manera que no tenía que quitárselo ni para darse un baño.


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930049
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América