Exhausto, y sentado frente al Canal en el que había trabajado por 10 años, Daniel J. Brown meditó esa tarde sobre la epopeya. Oriundo de las Antillas, buscaba las imágenes de lo que había dejado atrás: su país, su familia, sus amigos, sus costumbres. Ese día había visto, desde una de las riberas del Canal, el paso triunfal del vapor Ancón y sintió que parte de su vida iba en esa primera travesía. Todo había quedado atrás, en los recuerdos. Pero lentamente fue elevando su vista al cielo gris de la tarde, se le humedecieron los ojos y tras unos minutos fue dibujando una sonrisa de satisfacción, que no era sólo por la construcción final de la vía, sino por la certeza de que, pese a que todo había terminado, muy adentro le quedaba un agradecimiento inmenso. Varios de sus amigos habían quedado a lo largo del camino en la edificación de un puente de agua que uniría dos mares, pero él estaba allí, como testigo del cumplimiento de la meta. Se puso de pie y confirmó que, en efecto, todo había pasado pero con él permanecía Dios.
Como él, muchos otros abrigaban ese sentimiento, pero en lo que hasta ese momento había sido un área de campamentos no había una sola iglesia donde darle gracias a Dios por mantenerlo en pie.
Diez años atrás, cuando tras acontecimientos históricos que no es el objeto debatir en este artículo, Estados Unidos inicia la construcción de la vía interoceánica, oleadas de trabajadores como Daniel J. Brown coincidieron en la realización de lo que muchos han calificado como la "Octava Maravilla del Mundo".
Fue una epopeya en la que cada hombre trajo consigo, su idioma, sus costumbres, sus esperanzas. Una especie de síntesis que fue encontrando forma en la medida en que el trabajo, las metas, y el tiempo, los hacía parte de un mismo objetivo. Varias son las investigaciones sobre el status laboral, las relaciones entre jefes y patronos, el silver roll y el goll roll, y los orígenes de aquellos hombres que, mezclados en la zanja que abrían, habían dejado atrás familias e historias.
Su religión, sin embargo, poco ha sido estudiada, y en consecuencia poco es lo que sabemos sobre la fuerza espiritual que los sostuvo en este duro período, máxime si se considera que todos, en una corriente u otra, eran creyentes. Y fue eso lo que se manifestó en 1914, cuando la obra estuvo terminada. ¿Dónde rezar?
Una compilación y balance histórico del Doctor Robert H. Rolofson, realizada en 1944 y que vio la luz en 1950, revela que cuando el Canal inició operaciones, la fe religiosa enfrentaba una variedad de corrientes dentro del mismo cristianismo que hubiera implicado sembrar de iglesias lo que hasta 1979 fue la Zona del Canal. Una alternativa imposible si se considera el régimen bajo el cual funcionaba esa área.
Cuando el presidente estadounidense Teodoro Rossevelt decidió iniciar el proyecto, no se trató solo de una decisión de Estado, sino del fin de un debate con, por lo menos, dos posiciones encontradas respecto al papel del Canal en los planes expansionistas de Estados Unidos. Hace algunos años, Carlos Ernesto González de La Lastra, indicaba en una conferencia que varios sectores norteamericanos abogaban porque se priorizara un concepto económico desarrollista, en tanto que otros lo postulaban como punta de lanza de una propuesta militar vinculada más al expansionismo estadounidense y su dominio marítimo para controlar una ruta que abría paso hacia dos inmensos océanos. Eso explica por qué en los años venideros fueron apareciendo allí fuertes, convertidos posteriormente en bases militares. Así que cuando Rossevelt pronuncia su famoso "I Took Panama", se resumía en su frase el triunfo de una concepción, a la cual se aparejó el desarrollo mismo de la zona. Y bajo ese mismo concepto operarían todas las normas de vida en la Zona. Era el orden y la unidad, sujeto a los compromisos y retos que iría enfrentando Estados Unidos en otras partes del mundo, y no una manifestación anárquica en ninguno de sus niveles de vida. La religión no escapó a este concepto
Así que en 1914 cuando terminaron los trabajos, y los obreros y residentes pudieron orientar sus fuerzas hacia otras expectativas, el tema religioso saltó a primer plano, según revela el estudio de Rolofson, que circuló en 1950.
Allí tiene su origen Balboa Union Church, una congregación que saltó por encima de los sectarismos religiosos, y cuya imponente sede se levanta, desde 1914 en una pequeña colina situada entre los barrios de Balboa y La Boca. Mediante la construcción de esta unión de iglesias, que reunía a 26 congregaciones, se dio paso a una entidad que permitió establecer significativos lazos de solidaridad entre los habitantes de la desaparecida Zona del Canal.
Edificada a un coso de 110 mil dólares, fue financiada por el aporte tanto de residentes como de congregaciones norteamericanas. Rolofson revela que los residentes de la zona aportaron 30 mil dólares, y para finalizarla se contó con 10 mil dólares aportados por John D. Rockefeller.
El 31 de diciembre de 1941 fue reconocida en Estados Unidos y forma parte del Consejo Federal de Iglesias en Cristo en América. Funciona bajo el lema de "Unidad en lo esencial, libertad en lo no esencial y caridad en todas las cosas". Una especie de unidad en la diversidad. Además de su misión religiosa, Balboa Union Church presta desde su fundación una labor social, que va desde la formación cristiana de niños y jóvenes hasta programas para Mujeres Auxiliares, y escuela para ciegos, entre otras actividades.
Con fachada gótica, (una de las dos exisntentes en la exzona, la otra corresponde a la hoy morgue judicial) posee en su frente y en su entorno grandes ventanas de vitrales, entre ellas las del Espíritu Santo y en su interior dos pisos. En la planta baja funciona la biblioteca Sheila Murphy, creada por Margaret y Hulton Hughes, oficinas, un comedor y capillas, entre ellas una creada por los afligidos padres de un joven soldado que murió en la guerra.
En la planta superior un salón para los servicios religiosos con capacidad para 700 personas, y donde se destacan al fondo un inmenso altar color oro, y en sus laterales cuatro columnas, da lado y lado, en blanco y oro. Allí se encuentra también, hace más de siete décadas, uno de los cuatro pianos Steinway construidos por la empresa W.H. Reisner M F G Company, Inc y Arthur Albright.
Aun cuando su feligresía descendió después que desapareció la Zona, dado su status colonial, la Unión de Iglesias de Balboa se ha mantenido operando bajo los principios que fue construida. Es de hecho un símbolo religioso, pero más allá se trata de la impronta de una etapa de la historia de Panamá, ligada a un hito que pese a las vicisitudes resume el esfuerzo de muchos hombres por convertir a Panamá en un paso obligado del mundo, y que rinde al comercio marítimo internacional servicios incalculables.
Es parte de esa suma de esfuerzos que hace de Panamá lo que es hoy, una suma de aaportes nacionales, de importantes grupos de inmigrantes y de factores que convergieron en espacio y tiempo. Es, de hecho, un monumento histórico que habla de lo que fuimos y somos, donde cómo Daniel J. Brown muchos hombres que desde ese tiempo encontraron en Panamá su hogar, tuvieron un lugar para rezar y elevar sus plegarias. Balboa Union Church integra, sin dudas, muchos de esos valores que deben ser rescatados para que permanezcan.
Retazo de nuestra Historia
Es parte de esa suma de esfuerzos que hace de Panamá lo que es hoy, una suma de aportes nacionales, de importantes grupos de inmigrantes y de factores que convergieron en espacio y tiempo.