Y es que hace dos años el Liverpool erigió una remontada con matices épicos, y en apenas seis minutos logró su quinto título europeo, venciendo en tanda de penales al Milan, que en un desliz dejó escapar la Orejona.
Milan tendrá la oportunidad de cobrarse una vieja deuda, y cicatrizar una herida que sigue abierta, porque perder una final es una cosa, pero dejar escapar una ventaja de 0-3, es otra.
Rafael Benítez, por suerte o fútbol, le robó el mandado a Carlo Ancelotti, quien se dejó encandilar por su ventaja y menospreció el corazón de un equipo que avanza ante la tormenta, acompañado por una hinchada capaz de sumar a miles de fieles estando lejos de Anfield.
No obstante, el conjunto italiano tuvo el tiempo necesario para aprender y recapacitar de sus errores, aquellos que cometió en el Ataturk, en Turquía, y llegó a esta final, por la razón o por la fuerza.
Los rossoneros le hicieron frente a una temporada con toda clase de sinsabores, víctimas del castigo disciplinario, por el escándalo en el fútbol italiano, el denominado "Calciopoli", que los condenó a iniciar el torneo liguero con ocho puntos menos, por lo que llegaron a rozar el descenso y para colmo de sus males, su vecino, el Inter, se colocó en la cúspide. A pocas horas de iniciar el compromiso, ambos entrenadores apelarán al espíritu guerrero de sus jugadores, de los once que salgan titular y de los que quedan en el banco.
Para Benítez, la presencia de Kaká es un dolor de cabeza, pero el técnico madrileño sabe que el Milan no muere sólo con el brasileño.
Determinantes para Reds y Milan son Steven Gerrard y Gennaro Gattuso, dos baluartes en el centro del campo.
No es un secreto que Gerrard es el buque insignia de los Reds, que aunque no es un jugador dotado de virtudes técnicas, le sobra el corazón para levantar a su equipo y ponérselo al hombro.
Mientras que Gattuso, con su cara de malvado, es aterrador y con las mismas condiciones que su homólogo rojo, aprieta los dientes y opaca a quien ose pasar por su lado. Si no, pregúntenle a Cristiano Ronaldo.