Dalí disparó un arcabuzazo cargado de colores contra una tela en blanco, la firmó en una esquinita y la vendió en cinco cifras. También embarró de pinturas a cuatro mujeres desnudas y las restregó contra un lienzo. El cuadro se vendió en seis cifras (gigantescos dólares de aquella época). Imaginación y creatividad. Dalí, genial y exuberante, era un arlequín, un aprovechado. Jodedor también, envió a Harpo Marx un arpa con las cuerdas de alambre espinoso. Harpo, sin quedarse atrás, respondió enviándole en un sobre una foto de sus dedos vendados con esparadrapos. Pero ¿sabía pintar? Claro, era un maestro. Impactante su pincel surrealista, sobre todo, El Crucificado a vuelo de gaviota. Imagen fascinante. Allá compren los coleccionistas sus fantocherías. Los conocedores atesoran sus pinturas.
¿Y Picasso? Los cubos y esferas son para meterlas en un barril y ¡chumbulún al mar! Sus horrorosos perfiles de mujer, que vayan a espantar Pepitos. Me quedo con su época azul. ¡Sabía experimentar y pintar el hombre!
¿Poesía nerudiana? Saca las Odas a Stalin y lo demás es palabra convertida en música. ¿Quién se atrevería a restar algo a la dulce melancolía de “Podrás cortar todas las flores, pero no podrás detener la primavera”?
Le zumbo todo este pastiche para llegar a James Joyce, a quien mi amiga Mirta repudia. Claro, cometí el error de pedirle que leyera Ulises. Así, de golpe, sin estar seguro si el hombre se podía leer. Fue un cañonazo de prismas y camellos en el cielo. El Ulises es un libro peleón. No es que requiera un lector corajudo, es el libro quien exige, página tras página, que lo aguantes. Reta, engaña, te promete que “más adelante...” Bien, si quieres déjalo para “más adelante”. Yo lo seguí hasta el fin, y le encontré la gracia. Ya hablaré de él y su genial locura. Pero le ruego a mi amiga Mirta que lea Dublineses. Es un libro para callar a cualquier detractor de Joyce. Lo admirarás, querida Mirta. Joyce es un maestro de la narrativa, un virtuoso del lenguaje. Dublineses es una cosechadora de irlandeses. La mies, la espiga, la esencia, el sabor de humanísimos seres pueblan sus cuentos (y puedo jurar que se parecen en pila a los panameños… y a los cubanos). Léelo y serás una conocedora de los hijos de Éire. Dublineses es a Ulises lo que Veinte poemas de amor serían al resto de la obra de Neruda.