“La mariposa es el fantasma de la oruga” Canetti
Abro los ojos. La habitación está a oscuras. La reproduzco en la memoria. Sé dónde está todo, eso me da una gran confianza. Enciendo mi lámpara de leer poniendo una mano debajo para que el resplandor inicial no despierte a mi compañera. Me estiro como me enseñó el gato. Me siento en la orilla de la cama veintidós segundos. Voy al baño, orino, me lavo las manos y la cara. El agua fría le confirma a mis sentidos que estoy vivo. Me cepillo los dientes y salgo. Me pongo el bermuda y un suéter. Recojo las llaves y, antes de salir del cuarto, pongo cerca de la almohada de Mili el teléfono portátil y el control del aire. Voy derecho a la cafetera, Indira me ha dejado todo listo, la enciendo. Mientras burbujea, relleno de agua el vaso térmico. Abro la hermosa cajeta roja del Gingseng Royal Jelly, última recomendación de mi paciero Tito Piedra, el artista de las bolungas y los remedios. Chupo por el carricito una de las ampollas. Tengo ocho días de estar tomándolo y ya siento ganas de inscribirme en un triatlón. Solamente de inscribirme. La cosa marcha ¿no? Cuando iba a abrir la puerta de la cocina me acuerdo que no he quitado la alarma. El escándalo me habría hecho pegar un brinco. Sirvo una taza de café y salgo a la terraza. El gato me saluda desde el techo (es su penthouse). Hace equilibrio en el muro que nos separa de Mireya y brincando entre las plantas baja hasta mí. Le rasco la cabeza y lo levanto dos veces por la cola (le gusta, es nuestro saludo matinal). Me cambio las chancletas de casa por las todo terreno y subo al estudio. Los pájaros mantienen su protesta. Tal vez sea por la falta de sol. Un escalofrío hace remolino en mis rodillas: la temperatura es de 23 grados centígrados. Relleno el plato del gato (debo explicar que su nombre era “La Niña’, pero un compañero de bonsai de Mili de visita en casa vio el corte en la oreja derecha y explicó que así marcan a los machos que capan, él es veterinario, nada que discutir).
Entre sorbos de café espero que aparezca el correo en la computadora. Un par de buenos chistes, dos mensajes legibles, otro cursireligioso. Las noticias nacionales me dejan frío.
Abro el cuentecito que empecé ayer.
Entonces comienza mi día.