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Salpicaduras de sangre

Quizás si no hubiéramos perdido esa conciencia de la realidad de la muerte no pasarían cosas tan absurdas como la del Puente de las Américas. Hay una enorme diferencia entre no tener madera de héroe para tratar de salvar una vida y el tomarse a chirigota la tragedia que se desarrolla....


(Antropóloga, actriz y escritora)

Parece mentira que en una sociedad donde la distracción número uno de la población son los videojuegos violentos haya tan poca conciencia de la muerte.

Apuesto mi buena muerte a que la mayoría de los que están leyendo esta columna no han tenido una experiencia directa de la muerte. No, no estoy hablando de que Fido ya era muy mayor y tuvieron que llevarlo a que el veterinario lo durmiera para siempre, y que luego les han entregado una urna muy bonita, incluso con la foto del cánido con su pelota favorita. No.

 

Estoy hablando de la muerte. Cruda. Dura. Cruel. De la que duele. Aquella en la que ves cómo el que muere agoniza entre estertores. Ahí, justo ahí delante de tus ojos y no a través de una pantalla, por muy grande y muy tres dimensiones que sea. La muerte, señores, es un asunto sucio. Y real.

Hemos tratado de alejar la muerte de nuestras vidas cotidianas. Ya casi nadie muere en casa. Y a base de ver imágenes virtuales de cadáveres hemos logrado formarnos un callo en la capacidad de estremecernos. Las vísceras saltando hacia la pantalla en explosiones violentas en las películas, y los chorros de sangre falsa que cada secuencia y media estamos viendo cada vez que nos sentamos ante una historia de ficción, nos hacen creer que la vida es puro teatro. Que solo mueren los malos; o que, cuando salen de cámara los que han muerto, se levantan y vuelven a rodar otra escena, como los apaches en los ataques a los fuertes del hombre blanco en los westerns clásicos. La muerte es algo lejano e inconsciente. Solo mueren los maleantes. Y los feos y los pobres que son los que no tienen dinero para que sus deudos eviten que sus cadáveres aparezcan en las portadas de los tabloides.

Quizás si no hubiéramos perdido esa conciencia de la realidad de la muerte no pasarían cosas tan absurdas como la del otro día en el Puente de las Américas. Una mujer que ha decidido poner fin a su vida, trepándose en las vallas del puente, que se va a tirar, que se va a tirar. Que se tira. Y los que en ese momento pasaban por allí, que se dedican a tomar fotos y videos del momento y a subirlos a las redes sociales. ‘¡Qué suerte he tenido de ser testigo de éste acontecimiento histórico!’. Dándoselas de reporteros dicharacheros. No digo yo que cuando un suicida ha tomado una decisión haya poder humano que sea capaz de detenerlo. Pero hay una enorme diferencia entre no tener madera de héroe para tratar de salvar una vida y el tomarse a chirigota la tragedia que se desarrolla ante tus ojos.

 

Lo que quiero decir es que hay que ser muy inmaduro para hacer de ese momento un evento social. Hay que ser gilipollas. Y no ser consciente de que un ser humano va a morir delante de tus narices, tarado. Que la vida no es un videojuego. Ni una telenovela. Que no estamos en un pinche reality. Que a ver si espabilamos un poco más y nos damos cuenta de que no vas a dejar de ser un verdadero fracasado porque hayas subido a tu red social favorita una foto de un ser humano suicidándose. No vas a triunfar con ello, imbécil. No vas a alcanzar el estrellato con algo así. La vida es corta. Y algunos reciben su merecido en ella. Ojalá no tengas que ver como otros usan la sangre de tu hijo para intentar hacerse un trending topic en un simple tuit.


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925819
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América