“Plantear el problema es más importante que su solución” Einstein
En las décadas de los cincuenta y los sesenta, la “yerba santa” cultivada en las islas del archipiélago de las Perlas y en Otoque (no sé si oriental u occidental) estaban más cotizadas que hoy día el fulgurante trasero de JLo. Como prueba les diré que en New Orleans, por el lado francés, hice varios amigos y cuando tuvieron suficiente confianza conmigo me rogaron que les consiguiera la famosa yerba. Yo, por supuesto, no lo hice, no por santo, sino porque mi barco no tocaba Panamá. Así pasó con uno de los ingenieros de garantía que vinieron con nosotros en la “Ligia Elena” y llegó a probar un “quenque herbetón” que le brindaron en la cantina “Chucuchucu”. El Peter quedó goloso y no regresaría contento a su England si no se aseguraba de que le enviariamos aunque fuese unos cuantas hojas de la milagrosa hierba porque quería que sus amigotes del Manchester United la probaran.
¿Qué te puedo decir?
En México, en los sesenta, compartí vivienda con dos artistas panameños muy cerca de la Plaza de las Tres Culturas. Recibieron un misterioso encargo (en hombreras de un saco viejo) con un pequeño cargamento de San Miguel de la Alegría. Esa tarde tuvimos como invitado a “tostar” al festivo Alberto Beltrán, el Negrito del Batey y coreamos con él: «el trabajo lo hizo Dios como castigo».
No tema señora, son cosas pasadas.
No vendí ni trafiqué con la yerba. Sólo participé en algunos concilíabulos de insignes “masones” donde me aceptaban a pesar de ser “católico” (así calificaban a los que no fumaban) ya que, por suerte para mí, el efecto de “lipidia” resultó espantoso.
En Panamá, nunca un fumón, estando ‘trabao”, se vio envuelto en un acto delictivo y menos con violencia. El San Miguel los pone eufóricos de risa, como una juma buena y barata (en ese tiempo un cuaracot).
Aprovechando la iniciativa de José Mujica, presidente de Uruguay, lanzo esta serpentina: Si el gobierno panameño controlara el cultivo y proceso de la hierba que somos capaces de producir y la exportáramos a los países que lo permiten, con el producto del negocio (que más tarde, irremediablemente, sería privatizado) se podría dar tratamiento a los que por flaqueza penan por drogas más fuertes.
Barrejobo a los carteles.
¿Quién puede prohibirnos echar ese temerario chingo al agua y navegar a los cuatro vientos cargados con el famoso San Miguel de la Alegría?