Sólo diré que desde el primer momento me resultó especialmente atractiva; eso, nada más. Y fue suficiente, más que suficiente, sí. Porque quedé prendado de ella, de forma irremediable y fatal. Fatal, sí, pues hubo consecuencias. Tremendas consecuencias. De ésas que lo atan a uno y lo tiranizan por largo tiempo. Doce años, en mi caso. En el de ella, si acaso hubo una atracción similar, sólo meses. Tal vez tres o cuatro. Nada más. Porque bien pronto me puso los cuernos y, sin renunciar a mí, lo siguió haciendo el resto del tiempo. Es decir, ¡doce años: toda una vida! Y tal era mi devoción, mi dependencia, que yo, gran pendejo, enamorado perdido, lo sabía y permití que ocurriera, que continuamente se mantuviera el engaño como algo normal y cotidiano sobre lo que sin embargo nunca se hablaba. ¿Y sabes por qué? Sí, exactamente -¿por qué más?-, por no perderla. Pero un día, por primera y única vez, la seguí al salir de su trabajo. La vi tomar un taxi -yo iba en mi carro y me mantuve a cierta distancia-, bajarse en las afueras de la ciudad en una dirección mucho más lejana que la nuestra. Caminó hasta un amplio chalet y tocó el timbre. Un hombre le abrió, se abrazaron, entraron. Ahí estuvo más de tres horas. Tremendamente tenso, furioso en realidad, a punto de estallar por esa desesperación tanto tiempo contenida, estuve a punto de irrumpir por una ventana cuando noté que llegaba un taxi, que obviamente habían pedido. En seguida se abrió la puerta y salieron abrazados. Se besó con el tipo frente al taxi, le dijo adiós con la mano; después ella se subió y partieron.
Una hora después -era la hora del tráfico- llegó a casa. Pensé llegar antes y esperarla, pero después preferí darle esa última oportunidad de engaño fácil y fui yo quien fingió llegar tarde. Por supuesto, tuve que comerme una vez más la rabia, la frustración que ya era una vieja costra viva a punto de reventar bajo la presión de la pus. No sé cómo, al final, pude sosegarme. Incluso logré idear muy bien lo que haría. Pero, ¿sabes qué?, no pude hacerlo. Más bien hice todo lo contrario. Porque lo que iba a decirle, pendejo de mí, era que ya no la quería, que tenía una amante con la que acababa de estar, que durante años la había estado engañando con ella, que por favor se fuera de la casa para yo poder ser feliz al fin. Sólo que cuando entré a nuestra habitación y simuló cariño una vez más abrazándome y besándome con una pasión que no parecía fingida, estallé. De un empujón la hice a un lado.
- ¡Lo sé todo, desgraciada! -le grité- ¡Ya he aguantado suficiente todos estos años! ¡Coge tus malditas cosas y lárgate!
Apenas lo dije creí que con su ausencia me moriría. Por supuesto, ella quiso enredar mi ánimo, convencerme de que cualquier ofensa cometida era inferior al amor inmenso que pese a todo continuaba sintiendo por mí. Intentó volverme a abrazar, ya casi lo lograba. Urgido por sus besos y por la intensidad de sus caricias, o preso de una inútil discusión inminente, me sentí flaquear. Para defenderme, en ese instante estuve a punto de golpearla. Pero entonces, no sé cómo, nuevamente airado, exclamé tajante una simple expresión antigua que ella nunca me había oído, que yo mismo no reconocí como parte de mi vocabulario -apenas ahora la reconozco como propia de mi abuela-, pero que tuvo la fuerza contundente de una sentencia:
- ¡Sanseacabó!
Se fue sin decir una palabra. No he vuelto a saber de ella y, como ves, no me he muerto. Nadie se muere de amor.