Los indicadores económicos del mes de diciembre pudieran echar por tierra la vieja tesis de que lo único que los panameños tomamos en serio son los carnavales.
La fiesta del “rey Momo” apenas alcanza cinco o seis días entre el periodo preparatorio, el momento del clímax y la vuelta al estado normal, pero la Navidad (mal entendida) comienza antes que acabe el Mes de la Patria y se extiende durante todo diciembre, hasta su encuentro con el nuevo año.
El frenético deseo de gastarlo todo, de comprar lo que sea y comenzar de la nada en enero para repetir el círculo vicioso, parece ser conducta normal y socialmente aceptada por un porcentaje significativo de la población, sin importar sus signos religiosos ni su estatus socioeconómico. Tristemente, ya hemos aprendido a convivir con esta conducta irracional.
Lo que preocupa es que nos hemos aferrado tanto a lo material, que ya los “cariñitos” que antes producían una sonrisa en el más adusto de los individuos y la complacencia de quien lo entregaba, ahora se opacan ante los innumerables dispositivos electrónicos y de multimedia que se han convertido en los favoritos de grandes y chicos.
Tamaño problema deben resolver aquellos padres de escasos recursos o con mucha prole, cuando se les solicita como “regalo del Niño Dios” uno de estos dispositivos, en la mayoría de las veces inalcanzables y que en poco tiempo pierden su razón de ser ante el tedio de quien lo exigió con vehemencia unas semanas antes.
En estos días, ya comenzaron las compras y la gastadera. Sería bueno que todos nos detengamos, antes de derrocharlo todo, y nos cuestionemos si aquello que estamos a punto de adquirir vale, cuesta y merece el precio que pagamos por él.
No se trata de que seamos avaros, pero sí es necesario que pensemos bien qué vamos a hacer con nuestro dinero. Las cuentas vienen igual en enero, las clases comienzan en febrero y los carnavales están por allí cerca y todas son responsabilidades que debemos afrontar con seriedad.