Cuatro años después que Estados Unidos y las Naciones Unidas enviaron miles de soldados a Haití y el mundo prometió mil millones de dólares para establecer la democracia, el ambicioso proyecto se está desbaratando.
El presidente René Preval anunció esta semana que no reconocería más al parlamento opositor y que designaría un nuevo gobierno por decreto, asumiendo de hecho la suma del poder público y eliminando el control parlamentario.
Al día siguiente, su hermana fue herida de un balazo, y su chofer asesinado, en un ataque no esclarecido aún. Eso hizo temer una pronta recaída en el caos que dominó gran parte de los dos siglos que transcurrieron desde que Haití obtuvo la independencia, lograda a consecuencia de la única rebelión de esclavos exitosa del mundo.
Pero en Puerto Príncipe prevalece la calma. Muchos haitianos parecen demasiado desilusionados con su experimento democrático, demasiado abrumados por la pobreza, como para ocuparse de la política.
Una de las cosas que más se teme es una politización de la fuerza policial de 6.500 efectivos mal armados que sustituyó al ejército desbandado en 1995.
La crisis se inició en junio de 1997, con la renuncia del primer ministro Rosny Smarth como protesta por lo que calificó como fraude electoral, que según dijo fue cometido con la complicidad de Preval para favorecer a los seguidores del ex presidente Jean Bertrand Aristide.
El parlamento es dominado por la Organización del Pueblo en Lucha, de Smarth, adversario de Preval y Aristide. Los legisladores se han negado a confirmar a cuatro primeros ministros designados por Preval, por lo que no ha habido gobierno ni presupuesto durante 19 meses. De la ayuda extranjera prometida sólo fue desembolsada una fracción.
Mientras tanto, el 80 por ciento de la población no tiene empleo o sólo lo logra ocasionalmente. Los habitantes más pobres de la capital sobreviven con el equivalente a 80 centavos de dólar diarios, según el Banco Mundial.
Preval dijo el lunes que la única forma de salir de la crisis era pasar por alto el parlamento. Destacó que de todas maneras vencía el mandato de los legisladores y que la extensión del mandato que ellos mismos decidieron era ilegal.
El embajador norteamericano Michael Carney instó a efectuar nuevas elecciones para resolver el problema, pero muchos cuestionan la factibilidad de este proceso debido a la gran desilusión de los haitianos con los políticos.
En 1990 fue elegido presidente Aristide, un sacerdote católico que contribuyó a precipitar una rebelión que puso fin a la dictadura de 29 años de la familia Duvalier, con una concurrencia del 95 por ciento de los votantes.
Una elección legislativa en 1995 no atrajo ni al 50 por ciento.
Seis meses después fue elegido Preval con una concurrencia de menos del 30 por ciento. Y a unas elecciones en abril de 1997 acudió menos del 5 por ciento de los votantes.