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Se hizo escritor leyendo como un condenado

“Antes de haber terminado una obra, ya estoy embarazado. Nunca he sentido ese vacío pos- parto que sienten otros escritores. El desierto es una cantera de historias inagotables. Siempre me he sorprendido escribiendo dos novelas a la vez. Ahora escribo tres a la vez...”


El desierto dio a luz al escritor. Por eso, Hernán Rivera Letelier utiliza la palabra para tejer historias reales, de una realidad que va más allá de la imaginación e historias imaginarias que parecen reales. Usa el mismo hilo para formar un ovillo donde se mezclan sentimientos, recuerdos, anhelos, emociones y rinde un tributo a los grandes maestros, que en una biblioteca del desierto más inhóspito del planeta, le dieron cuerda a su creatividad.

Una cátedra del buen vivir y el buen escribir, de aprendizaje de las lecciones cotidianas de la mejor escuela, que es la vida, fue la presentación de “El arte de la resurrección”, la novela que le valió el Premio Alfaguara 2010, a Letelier, el hijo de un predicador evangélico; Letelier, el autor que se considera un lector omnívoro, un autodidacta, que aprendió a leer con el silabario de tapa amarilla “Lea”, en una escuela donde los pupitres y las sillas eran cajones de manzanas; el otrora niño que para distraerse en el infinito desierto, solía jugar intentando atrapar torbellinos de arena.

Recuerda el silabario “Lea” con mucho cariño: “aprendo a leer e intuyo que la lectura y escritura me va a redimir de mi destino”.

 

Destino que era igual para todos en el Atacama: crecer, entrar a trabajar en la mina 30 ó 40 años y morirse de la silicosis, la enfermedad de los mineros, debido a que partículas de sílex que hay en el salitre se deshacen en el organismo y se van acumulando hasta que los asfixian y matan.

“Yo vi a mi viejo morir de silicosis. Morir azul. Azul como un arlequín”, dijo y retomó el tema de cómo descubrió que dentro de sí anidaba un poeta.

Mientras leí el silabario encontró dos páginas que lo sedujeron. “Esas dos páginas las leía, las releía”.

 

Nadie le dijo que los del silabario eran poemas porque el único libro que había en su casa era la Biblia. “Mis viejos eran evangélicos, predicaban en la calle”, recuerda.

“A los 15 años trabajaba en la mina, a los 18 me sublevo. De pronto me doy cuenta de que no conozco más que La Pampa. Lo más lejos que había llegado era a Antofagasta a 120 kilómetros de las minas. Con “El mundo al instante”, un segmento que transmitían en esos tiempos, antes de las películas en el cine, donde se escuchaban las noticias de dos meses antes, “empiezo a ver que me estaba perdiendo una revolución increíble”. Muchachos con guitarra en mano abandonaban el hogar y se abandonaban en brazos del amor, algunos hasta fumaban marihuana “y yo me lo estaba perdiendo”. Me fabriqué una mochila de lona verde y me voy…; de haberme quedado allí me faltarían 5 años para la jubilación y quizás sería jefe de turno en la mina. Esa andanza fue primordial porque en esa andanza descubrí que en verdad llevo un poeta adentro y que puedo escribir”.

Decenas de personas de todas las edades escucharon historias donde alegría, sufrimiento, esperanza y desesperanza, amor y desamor… muchos opuestos iban de la mano, como inseparables que suelen ser, unas veces más y otras menos.

 

Escucharon uno tras otros los relatos y anécdotas de Hernán Rivera Letelier, un gran contador de historias, como lo prueba el que se haya ganado 175 mil dólares en el Alfaguara por ser la historia del Cristo de Elqui la mejor contada, de entre las más de 500 narraciones de diversas latitudes que compitieron.

Recordó cómo fue que “por hambre entré yo en este mundo”, como dijo, refiriéndose al mundo de las letras y relató que su primer premio lo ganó con un poema que escribió porque en un tiempo de su vida que andaba de mochilero, estando tumbado en la playa con un compañero de camino hippie, que había robado en una feria una radio portátil, esperaban con ansias los sábados un programa de poemas de amor, en el que anunciaron un concurso en el cual los premios eran dos entradas al cine Colón, el tercero; un libro el segundo y un vale para dos cenas en el Hotel El Morro, el primero.

Él tenía un álbum donde conservaba postales, banderines, recuerdos de novias que iba dejando en cada pueblo. A la luz de la luna se acordó de una morena que había conocido y escribió “un poema de amor, de cuatro párrafos, sin corregir una sola palabra”, dijo al público y enfatizó que “…yo corrijo 70 veces una página y un capítulo, porque más que un escritor soy un corrector”.

 

Letelier siempre dice que ese poema “fue escrito por un duende”.

Tuvo la convicción absoluta, siempre, de que ganaría y así sucedió.

Durante su estancia aquí, además de conocer “El arte de la resurrección”, se supo que Letelier tuvo “la infancia más feliz del mundo”.

Era “dueño” de un desierto. El desierto más grande del mundo. Que después descubrió por qué no le había escrito nada antes, por qué no le había “contado y cantado antes” como lo hace ahora desde entonces. Porque “era demasiado inmenso para caber en un verso”.

Necesitaba una novela. Y el hijo del desierto honró a su padre-madre cuna de sus ansias infantiles, de sus desvelos, de sus sueños de dejar de respirar salitre y buscar otros horizontes y ayudar a otros a aliviar la carga del equipaje de sinsabores, para que no los sorprenda la muerte con un sabor a salitre en la boca.

“En el desierto yo abría la puerta de mi casa y toda la infinitud era el desierto. Y, en las tardes aparecía el viento, el viento de las 4, que se llevaba los techos, la ropa tendida. Teníamos la creencia de que si lo perseguíamos, lo alcanzábamos, y nos metíamos en su centro, allí, con la arenilla metiéndose por los ojos, y allí, en su centro, le íbamos a ver la cara al diablo. Los más osados abrían los ojos. Yo lo hice unas 5 ó 6 veces, por supuesto, nunca veía al diablo, porque el diablo era yo”.

Cuenta que ya cuando escribió, después de cuatro años de trabajo, “La Reina Isabel cantaba rancheras”, novela “que me cambió la vida, que fue la que me pasó de proletario a propietario. Allí empieza la historia de “El arte de la resurrección”, pues es esa “una novela de putas. En una página y media se coló este personaje”, el cual, después hizo lo propio, en dos capítulos y medios de “Mi nombre es Malarrosa“, otra de sus obras.

Entonces, afirma el escritor, “me dije, este cristito quiere que yo lo cuente y lo cante y empecé a investigar”.

Una tras otra fue desgranando anécdotas, como si fuera un racimo de jugosas uvas, o un rosario de lágrimas, según fuese la vivencia.

Él suele escribir varias obras a la vez. Dos. Hasta tres.

“Antes de haber terminado una obra ya estoy embarazado. Nunca he sentido ese vacío posparto que sienten otros escritores. El desierto es una cantera de historias inagotables. Siempre me he sorprendido escribiendo dos novelas a la vez. Ahora escribo tres a la vez. Es muy placentero porque es como tener tres mujeres a disposición, lo que me hace sentirme como en una orgía” literaria.

Comenta que “Nunca tuve una clase de literatura. Ni fui a la universidad”, que se ha hecho como escritor “leyendo, escribiendo, borrando, volviendo a escribir reescribir. Soy un autodidacta 100 por ciento”.

No se considera un escritor intelectual. Explica: “Un escritor intelectual cree en lo que escribe, en su erudición, en sus títulos… Yo no creo en lo que escribo. Yo tengo fe, intuición. Soy un contador de historias”, que sobre la marcha “me convertí en un lector omnívoro. Hasta los 18 años leía pura basura. Lo más intelectual que había leído eran las selecciones Readers Digest”.

Leer es la clave. Leer y escribir. Y corregir.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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