En las graderías y salones de apuestas del hipódromo, los rostros de incertidumbre y disconformidad cada vez son más, y todo como consecuencia de las presentaciones contradictorias, las malas partidas, los errores que cometen algunos jinetes, los caballos mañosos, las interminables aglomeraciones y el bajo rendimiento e inconsistente accionar de un porcentaje importante de caballos.
Todo esto, y más, tiene a los apostadores disconformes y exacerbados. Y no es para menos, si con lo escuálido de las carreras que se presentan semanalmente (en términos de la cantidad de caballos por carrera), resulta más que sospechoso que un importante porcentaje de los “caballos de la línea” no se desempeña como se espera y muchas veces los de segunda y tercera opción tampoco se dan por “enterados”.
Las causas pueden ser muchas: caballos mediocres, mal entrenados, viejos, lesionados, muchos jinetes inexpertos, mal manejo detrás del partidor y un largo etcétera que pasa hasta las sospechas de que no todo se está desarrollando como lo manda la ley.
Ya hemos comentado sobre el tedio y el estrés que provoca llegar, entrar y salir del hipódromo. Si a eso sumamos que la gente tiene la percepción de que los resultados no guardan relación con la “lógica hípica”, entonces no nos quejemos si las apuestas disminuyen y el interés de los hípicos se desinfla.
Sabemos que los golpes, sorpresas, batacazos, palolocos, tablazos, rompetableros y “outsiders” son parte del juego, y hay a quienes (como nosotros) nos encantan, pero este tipo de resultados deben ser la excepción, mas no la regla.
Y no es que los favoritos no puedan perder, pero el espectador espera que por lo menos lo hagan de manera decorosa y con las botas puestas. De eso se trata.