La Semana Mayor no pudo coincidir con un momento más oportuno. Este periodo, que usualmente la comunidad cristiana emplea para apaciguar los ánimos, reflexionar y disfrutar del necesario remanso espiritual que todos necesitamos, nunca había sido tan justo y necesario.
Sin darnos cuenta, la mayoría de los panameños nos hemos entregado a una vida llena de prisas y carente de pausas. Vivimos un aceleramiento que raya en lo anormal, ya sea por trabajo, por las responsabilidades con la familia y, por supuesto, por las agitaciones económicas y políticas.
La llegada de este periodo en el que conmemoramos la muerte de Jesucristo, pero que a la vez celebramos su vida y Resurrección, constituye una oportunidad ideal para que hagamos ese freno necesario y nos miremos hacia adentro.
Es buen tiempo para que nos hagamos —en nuestra condición de personas, ciudadanos y como sociedad— algunas preguntas y tratar de responderlas con sinceridad. En esa introspección debemos indagarnos sobre nuestra conducta diaria con respecto a quienes nos rodean. ¿Estamos siendo justos con nuestros semejantes? ¿Cumplimos nuestras responsabilidades y compromisos en tiempo oportuno? ¿Somos lo suficientemente maduros como para tolerar al que piensa distinto? ¿Somos portadores de positivismo? ¿Nos fijamos en que nuestro decir y proceder no afecte a otros? ¿Estamos haciendo lo que en realidad el cristianismo nos señala?
Que conste que no estamos hablando de dogmas ni de un moralismo exagerado; de eso no se trata. Más bien nos referimos a esas conductas básicas que todos debiéramos observar para garantizar y sostener una convivencia cordial y pacífica entre todos.
Esta semana los templos e iglesias se llenarán más que nunca. Las caravanas de gente en estado de sumisión y constricción para recibir el perdón y la bendición del Supremo serán interminables, pero de nada servirán si solo se trata de una pose, de una actitud pasajera para cumplir con el ritual y los cánones impuestos, muchas veces, por la fe mal entendida.
Este periodo debe ser utilizado para quitarse las máscaras, mostrarse como se es en realidad y pedir la renovación que fue por la cual se dio ese sacrificio hace más de 2,000 años.
Es una semana, porque el acontecimiento debe enmarcarse en un periodo para resaltar su importancia y significado, pero su valor será endeble si no convertimos la solemnidad y la conducta cristiana de tratarnos con respeto y de servirnos unos a otros como un patrón de conducta permanente sin importar de qué día ni de qué semana se trate. Ese es el reto.