E l próximo 25 de abril se celebra en Panamá el "Día de la Escritora y el Escritor Panameños" (ley 14 del 7 de febrero de 2001), y justo es que quienes nos dedicamos en cuerpo y alma a este oficio nos sintamos complacidos con la existencia de esta fecha simbólica y entendamos la responsabilidad que implica. Pero también es importante que el resto de las personas, lectores potenciales de nuestras obras, comprendan lo que significa ser escritor en Panamá. Y el hecho cierto de que, una vez publicadas, si éstas tienen calidad enriquecemos con ellas el acervo cultural de la nación.
Para empezar, se trata de un arduo oficio, un desafío diario y, tarde o temprano, una satisfacción, aunque muchas veces en ese proceso se haga patente la indiferencia general, y por ello pueda cundir el desánimo. Para ser un país tan pequeño, hemos tenido en realidad un altísimo número de escritores ??"cuentistas, novelistas, poetas, dramaturgos, ensayistas--, y desde el siglo xix hasta la fecha no bajan de 150 los que podrían considerarse sobresalientes por la calidad de sus obras. Esto nada tiene que ver con el hecho, lamentable, de que la gente lea poco entre nosotros (aunque la situación ha ido mejorando en años recientes). Quienes escribimos lo hacemos porque es una necesidad vital, y porque creemos que lo sabemos hacer de forma original y convincente. Para algunos, y me cuento entre éstos, también es un destino. No hay forma de renunciar a él.
La creación literaria, que es de lo que aquí hablo, entraña auscultar artísticamente la condición humana, explorar los vericuetos del alma, desentrañar la razón de ser de los conflictos sociales, desplegar la imaginación y el ingenio por regiones poco frecuentadas en busca de otros mundos, estar siempre en control absoluto de un lenguaje apropiado a la naturaleza profunda de lo que se crea: anécdotas, situaciones, atmósferas, personajes, ideas, emociones. También conlleva el tener ideales, disciplina, tenacidad, y el respaldo de numerosas buenas lecturas. Y por supuesto, hace falta haber vivido intensamente, ser curioso y muy observador, tener un amplio vocabulario y mucha imaginación.
Por otra parte, el lector de nuestras obras no tiene por qué saber si lo que lee proviene de una realidad fáctica, o al menos posible, o si más bien es el resultado de la inventiva del autor, pues la verosimilitud debe prevalecer en cualquier tipo de texto literario que se respete. Lo ideal --y una muestra irrebatible de talento-- es saber combinar la experiencia y los conocimientos con la fantasía propia de todo artista. El resultado será siempre una obra de ficción; pero ésta, cuando esté bien escrita, será tan "verdadera" y creíble como la belleza cotidiana de un espléndido día soleado o como la rabia que producen la injusticia y la miseria.
Una de las grandes satisfacciones de mi vida es el haber propuesto, y logrado en 2000 con el apoyo de la Universidad Tecnológica de Panamá, la creación de la ley que instituyó en nuestro país el "Día de la Escritora y el Escritor Panameños". No es casual que se haya elegido para esta celebración el 25 de abril de cada año, fecha del natalicio de Rogelio Sinán (1902-1994), uno de nuestros más preclaros creadores literarios. Pero ya es hora de darle realmente su importancia al asunto, sacarlo de un simple simbolismo coyuntural y elevarlo a lo que en realidad es: un auténtico reconocimiento intelectual y moral a quienes aportaron --y todavía aportan??" su talento y esfuerzo a la consolidación de la cultura en nuestro país.