Hablar de Severiano Ballesteros es hablar de coraje, innovación y carisma.
“Seve”, como cariñosamente se le conocía, irrumpió en el mundo del golf como una bocanada de aire fresco.
Y sería en la localidad pesquera de Pedreña, al norte de España, donde iniciaría su recorrido por los “greens” de la mano de su hermano Manuel, quien a la edad de ocho años le regalaría un hierro 3 que utilizaba para practicar bajo la luz de la luna, mientras en el día trabajaba arduamente como “caddie”.
Ya desde su adolescencia (se convirtió en profesional en 1974 a los 17 años) empezaba a dejar a su paso una estela de triunfos.
Las estadísticas revelan que acumuló en más de veinticinco años de carrera dos Masters (1980 y 1983) y tres Abiertos Británicos (1979, 1984 y 1988).
Pero no sería su envidiable palmarés lo que lo catapultaría al estatus de mito, sino lo que su figura significó para el deporte.
“Seve” dimensionó el golf, se lo regaló a las masas y lo popularizó en toda España, donde gracias a él existen más de 300 campos, de los cuales un buen número son públicos.
Con su talento para improvisar golpes inverosímiles, que parecían como sacados del sombrero de un mago, le dio vida a un deporte que yacía enterrado en un tiempo remoto.
Y varios de estos golpes los reseñó el periodista Marío Díaz, del diario español El Mundo, en el obituario que escribió poco después del fallecimiento del jugador y quien tuvo la dicha de ser testigo de muchos de ellos.
“Golpes como aquel del hoyo 16 de Royal Lithman desde el ‘parking’ en el Abierto Británico de 1988. O la madera tres que utilizó en un 'bunker' de calle a 200 metros de la bandera en su duelo ante Fuzzy Zoeller en el PGA National de Palm Beach en 1985. O su último 'putt' en el hoyo 18 de St. Andrews para conseguir su segundo Abierto Británico. O aquel otro en el Abierto del 76 que hizo rodar entre dos trampas de arena para 'birdie' en el último hoyo”.
Impactos que no solo quedarán en los anales de la historia, sino en la memoria de aquellos adversarios, quienes impávidos se preguntaban: ‘¿Cómo lo hizo?’
“Seve juega golpes que yo ni siquiera puedo visualizar en mis sueños”, decía en su momento Ben Crenshaw, quien con Jack Nicklaus le disputaron la final del Abierto Británico de 1979.
Sin lugar a dudas, el ingenio de Ballesteros traspasó las fronteras y sentó un precedente al ubicar a Europa en el mapa del llamado deporte de reyes, acaparado hasta ese entonces por Estados Unidos. Cosa que empezó a cambiar en 1980 cuando se enfundó su primera “chaqueta verde”, convirtiéndose así en el primer europeo en ganar el Masters de Augusta.
De allí le seguirían sus victorias en la Copa Ryder (torneo bianual que enfrenta a un combinado de Estados Unidos contra uno de Europa) en 1985, 1987, 1989, 1995 y 1997. Siendo esta última la más recordada porque fungiría como capitán del equipo europeo.
Su partido más difícil.
El 6 de octubre del 2008 Ballesteros se desvaneció en el Aeropuerto de Madrid , camino de un viaje a Alemania y fue llevado de urgencia al Hospital de La Paz, en la capital española, donde pocas horas después los médicos le anunciaron la triste noticia que tenía un tumor maligno en el cerebro.
Pero el aguerrido golfista no se echó a llorar, en vez de esto emprendió una tenaz batalla contra este rival.
“Durante toda mi carrera he sido uno de los mejores salvando obstáculos en los campos de golf. Y ahora quiero ser el mejor, afrontando el partido más difícil de mi vida”, afirmó cuando le informaron de su enfermedad.
Serían dos años y medio de lucha continua, que el mismo Ballesteros describiría como el par 72 más largo del mundo. Y en los que pasó cuatro veces por el quirófano, se sometió a seis ciclos de quimioterapia y a radioterapia.
Tristemente esta vez el “putt” no sería para “birdie” y Ballesteros sucumbiría a las garras del cáncer el sábado 7 de mayo del 2011, en su casa de Pedreña, donde llevaba varias semanas recluido.
Hasta el último momento “Seve” fue un hombre fiel a sus raíces y que se debió al pueblo y, como tal, fue acompañado por miles de personas, quienes se acercaron a la Iglesia de San Pedro, en su ciudad natal, para despedirse de un grande.
“Seve”, este no es un adiós, es un hasta luego.