Para mi maestra del Primero A, Aida de Tuñón
A mis padres les cuesta mucho hablar del amor, y de sexo, entre ellos y conmigo. Sé que es una cosa de padres, pero a veces le pregunto de dónde vienen los niños, como quien ejerce, cosas de la infancia, la práctica de preguntar con interrogantes de cajón. Suelen mirar para otro lado o, en su defecto, se miran entre ellos, mientras piensan: ¿qué es lo que hicimos mal? y se enredan en una maraña turbulenta de explicaciones sin sentido y recurren a recursos zoológicos, vegetales y/o entomológicos. Me dicen cosas que ya se saben: que si las abejitas y el polen y la flor. ¿Qué fue el huevo primero que el otro huevo? La pobre cigüeña con un viaje cansino desde París o el repollo o ¿sería la lechuga? Lo cierto es que me eluden. Si soy un varoncito, se le olvida que tengo uno de esos ahí…, y si soy niña como que se avergüenzan. Esas partecitas se quedarán ahí, ¿Cierto? ¿Qué les cuesta nombrar la piel con la brevedad protectora de su sílaba única? ¿Qué les cuesta decir pene, vagina y la función de esas bellas partes que son parte de mi cuerpo? ¿Cómo le dicen a uno que se cepille los dientes, que es importante el baño diario, que las manos limpias o que al hacer pupú hay que limpiarse bien…? Si esto es así, ¿Qué les cuesta decir que, para hacer un niño, ellos se besan y se abrazan y se funden, se vuelven uno solo, como lo quiere dios, ¿y que de ahí del pene de mi papa deben salir unos “bichitos” que se llaman espermatozoides que deben entrar en la vagina de mamá y ahí nadan o vuelan, hasta encontrar un óvulo? Así se le llama en el libro de cuarto grado, que contiene un largo glosario. Ya dentro, pasan cosas que sí son complicadas para mí… Las aprenderé cuando sea mi tiempo. Pero lo más sencillo, aparentemente, es lo más difícil para ellos. Ya sé que vengo del vientre de mi mamá, ya sé que pasamos, los que hemos nacido, nueve meses ahí en lo oscuro, pero tibiecito, hasta que llega el día de ”dar a luz” como dice mi abuelita. Y soy yo el que llora y quiere teta y se la pasa haciendo pupú y pipí cada cierto tiempo y se la pasa durmiendo. Si somos un invento de Dios y la vida es un milagro, “hacer el amor” es llamar a las cosas por su nombre.