M e gusta compartir bromas con mis estudiantes, propiciar un buen momento en el aula, porque nadie dijo que aprender, o enseñar, tiene que ser aburrido. Tal vez por eso una estudiante, participante en el exitoso curso “Escriba y publique su libro”, de la profesora Ileana Gólcher, quien suele convocarme en calidad de expositor invitado, me pregunta si la anécdota sobre el letrero “Cave canem” (Red de palabras, 19 de septiembre) era una broma.
Pues no. El letrerito aparece inscrito en el portal de una de las viviendas que quedó sepultada como parte de la ciudad de Pompeya por una lluvia de cenizas y gases incandescentes, la mañana del 24 de agosto del año 79 de nuestra era, y que comenzó a retornar a la luz, poco a poco, desde el siglo XVIII, cuando unos trabajadores dieron on el antiguo emplazamiento que ya era casi un mito.
Lo que el visitante puede ver hoy es una auténtica cápsula del tiempo, que nos enmarca en un presente continuo ante el final angustioso de los moradores de la urbe romana, consumidos por el aliento calcinante de su noble y feraz insignia: el volcán Vesubio.
Mucho dolor hubo en esos dramáticos instantes, pero el martirio de Pompeya sirvió para dejar al mundo un vívido testimonio de una forma de vida protagonizada por personas que se valían de las múltiples formas de la palabra para exponer sus pensamientos más íntimos.
Es interesante, por ejemplo, el modo de anunciarse que empleaban los pompeyanos, entre ellos signos, carteles o simples grafitis en los que se aspira el mismo tono con el que hoy nos venden un jabón para lavar, un pomo de baba de caracol o un político vuelto sonrisas.
Hablo en serio (esta advertencia es para mi alumna): si es por el lenguaje o por las imágenes, la propaganda actual no hubiese hecho levantar las cejas a ningún romano de esa época; al contrario: las levantamos nosotros. En la red hay valiosa información gráfica y audiovisual al respecto; veamos unos cuantos de los más de diez mil carteles registrados (en español, para saltarnos la barrera del idioma): “En la hacienda de Iulia Félix, hija de Spurius, se alquila del primero de agosto próximo al primero de agosto del año sexto, durante cinco años consecutivos, un baño selecto dotado de todas las comodidades, tiendas, pergulae y habitaciones; transcurrido el quinto año, el alquiler se renovará por acuerdo simple”.
Con excepción de “pergulae”, ¿no se parece a los anuncios que ofrecen casas en Las Tablas para los Carnavales? Si le interesa alquilar la hacienda, le aclaro que “pergulae” eran los altillos o balcones, y que de esta palabra se deriva “pérgola”, que es la armazón para sostener las plantas en el jardín (o en los balcones, precisamente).
Este otro aparece escrito con pintura sobre una pared (moda que volverá cuando se suspenda el subsidio electoral a los partidos): “Ruego que votéis (por) Suettius Verus, hombre honesto, digno de administrar los asuntos públicos, como edil responsable del cuidado de los caminos y de la administración de los edificios públicos y sagrados”.
¿Dónde está la urna? ¡Quiero votar por Suettius! ¿O eran los políticos de esos tiempos como los de hoy? El solo hecho de que haya pintarrajeado la pared (que, a propósito, era la de su propia casa), no me da mucha confianza.
El otro domingo continuaremos hablando sobre estos grafitis del siglo I, incluso, veremos algunos que, apenas desenterrados, fueron condenados por las autoridades morales a un nuevo encierro: el de los gabinetes secretos. Nos vemos en el próximo Día D.
Que la palabra te acompañe.