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Sí, las paredes hablan (2)


Comentábamos la semana pasada el sustancioso tesoro cultural que surgió de entre las cenizas del Vesubio, apelmazadas durante dos mil años sobre la otrora próspera ciudad de Pompeya, destruida en una cuantas horas por las emanaciones incandescentes de su volcán vigía, y destacábamos la información que rezuman los más de diez mil grafitis catalogados hasta la fecha (la RAE pide que se use “grafito, grafitos”, pero es más popular el uso que consigno aquí; de todos modos es una voz de ascendencia italiana, y en esa lengua se refiere a la acción de garabatear).

En efecto, hay escasa distancia entre las estrategias propagandísticas de la abatida Pompeya y las que campean en cuanto espacio visual disponible hay en nuestras calles y edificios, como es poco lo que distingue las maledicencias escritas en los muros de nosotros y los que hicieron aquellos infortunados en los suyos.

A propósito, los políticos creían con fervor en lo del pan y circo (fue por esos lados que se acuñó la frase) y les gustaba agasajar a sus seguidores, como lo atestigua este anuncio: “Con motivo de la inauguración del edificio de los archivos el 13 de junio en Pompeya se celebrará, bajo el patrocinio de Cnaeus Alleius Nigidius, un desfile, una caza y un concurso atlético.” (Casi oigo las voces en medio de la fiesta, con vivas y loas al oferente).

 

Un detalle: las paredes de Pompeya hablaban, y mucho; estaban llenas de letreros y signos que comunicaban un sinfín de ideas. Hasta se han documentado viñetas con acción secuenciada, incluyendo diálogos inscritos sobre la cabeza de los hablantes, en forma similar a la usada en el muy posterior género del cómic.

Valiéndose de coloridas imágenes, los amantes se mandaban a representar en escenas idílicas y en otras lúbricas que siglos más tarde, cuando aparecieron, serían consideradas tan ofensivas que las volvieron a enclaustrar en el denominado “Gabinetto Segreto” del Museo Arqueológico de Nápoles.

Esas expresiones, presentes en la cotidianidad (enseres, columnas, puertas, tabernas, jardines), mostraban un liberalismo que nos asombra hoy, al igual que una rotunda veneración fálica, evidenciada en la representación del órgano sexual masculino en diversos objetos de uso diario, así como en estructuras públicas. Y también se le usaba como reclamo publicitario, por lo que a un panadero se le ocurrió plasmarlo, lucio, erguido, apuntando al cielo, justo a la entrada de su negocio, sobre una declaración de tres palabras que abarca un ancho mundo de significaciones: “Hic habitat felicitas” (Aquí habita la felicidad).

 

Los grafitis eran de toda laya: hombres que acusaban a otros de sodomitas o se confesaban ellos mismos como tales; dos mujeres (Lais y Esperanza) anunciando el precio de sus especialidades sexuales, y un hombre (Félix) que agrega enseguida que hacía lo mismo por la mitad del precio; “búfalos” de entonces, jactándose de su virilidad, o un simple ciudadano molesto porque al asomarse a la calle encontró depositada ante su puerta la maloliente deposición de algún incivil, lo que motivó una sentencia eterna escrita sobre la piedra: “A quien defecó aquí. Ten cuidado con esta maldición. Si la ignoras, tendrás a un Júpiter enojado como enemigo.”

Pero también hubo lugar para frases líricas en donde el enamorado, sin saberlo, exponía cuitas que contemplarían otros, atestiguando así que veinte siglos es nada. De esas hablaremos el próximo domingo, pero los dejo con este grito en las paredes pompeyanas, poderosa mezcla entre admonición e imprecación; “¡Salud al que ame, muerte al que no sepa amar!”

Que la palabra te acompañe.


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612053
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América