Cerramos el tema de los grafitis de Pompeya, que hemos considerado aquí como mensajes que se mantienen a través de veinte siglos para hacernos receptores de un mensaje emitido para la inmediatez, pero que la descomunal erupción del Vesubio lo selló en un contínuum perpetuo, que nos revela cuán distintos y cuán iguales somos en materia de comunicación.
Dije ya que el número de inscripciones documentadas supera los diez mil, abarcando todos los ámbitos de la propaganda: desde anuncios políticos y muestras de generosidad del funcionario rico hacia sus seguidores, hasta promesas de maldiciones para los cochinos, pasando por una gama de declaraciones laudatorias sobre la capacidad sexual o la disponibilidad del firmante, y también ciertas gotas filosofales que hoy podríamos aprovechar: “Un mal pequeño se hace muy grande para quien lo olvida”.
El aspecto sexual adquiere sentido y vigor alrededor del falo como signo, incorporado a un sinnúmero de enseres cotidianos que resultaron chocantes para la visión de los descendientes de aquellos artesanos, capaces de honrar hasta sus hornos con tal imagen. Pero no por ese falocentrismo se olvida el aspecto lírico de la relación de pareja: también hubo grafitis escritos con la sublime melancolía de quien añora al amante, con el tierno ruego del que babea de amor y con el numen divino del que jura y perjura que Cupido sólo habla a través de la poesía.
Así encontramos estos letreros sobre los muros pompeyanos: “Vida mía, mi delicia, retocemos un poquito, imaginando que este lecho es campo llano” (escrito afuera de un templo, refiriéndose a la calle empedrada). Sería quizás una dama la que consignó esta queja sobre el muro: “Tan pronto como Venus une a los enamorados, el día los separa”. Pero, sin duda, estaba enamorado y era patriota quien adornó una columna de la ciudad con el anagrama: “Roma, amor”
En fin, esos grafitis son la palabra, vuelta imagen, caricatura, insulto, pero también palabra domada, sumisa, que es rescoldo que aspira a convertirse en llamarada voraz. Y aquí cae al pelo un grafiti, casi diálogo, en donde los ensueños del amante son interrumpidos por un prosaico vecino que no ve con buenos ojos esos letreros en su propiedad: “Con el embrujo de tus ojos me has hecho arder de pasión, y ahora las lágrimas de tus mejillas ya no pueden apagar mis llamas”. A lo que apostilla el otro pompeyano: “Los vecinos estarán obligados a intervenir en el incendio porque las llamas podrían propagarse”. ¡Santos bomberos!
Y se asoman los que envidian la dicha de los amantes, los que corroboran las citas, o arguyen en contra: “Los enamorados y las abejas viven una vida melosa”; el otro: “Cuánto daría por tenerla”; y el despechado: “[Claro,] los enamorados carecen de penas”.
Pero alguien, o algo, muy grande y poderoso, parecía dispuesto a oponerse al amor, a cerrarle el paso a Cupido, porque la sentencia tallada por una mano presurosa sobre la piel de una ciudad que no adivinaba su destrucción inminente, reconoce la proximidad de esa batalla colosal: “Que intente encadenar a los vientos e impida brotar a los manantiales el que pretenda separar a los enamorados”.
¿Cumpliría el Vesubio con esa tarea? ¿O el solo hecho de que estemos oyendo ese mensaje, atestiguando esa callejera declaración en pro del Amor, basta para certificar, dos mil años después, que el Amor ganó la partida?
Hasta el domingo, y no olvide participar en los actos de la Semana del Premió Miró, en la que conoceremos a los literatos que este año se alzarán con el preciado galardón.
Que la palabra te acompañe.