“Hombres y barcos prefieren ver apreciados sus méritos que descubiertos sus secretos” Conrad
Evoco la odisea que vivieron los tripulantes y, sobre todo, el capitán Richard Phillips del M/N Mærsk Alabama el año 2009. Cuatro años después estrenaron una película basada en estos hechos con nadie menos que Tom Hanks. No me meteré en once brazas de profundidad tratando de analizar si era posible evitar el abordaje de los cuatro piratas (que, tal vez por sus edades, eran tan intrépidos como Erroll Flynn, como deben ser los piratas); si el capitán, taxero de Boston que decidió estudiar en la Academia Naval y se graduó a los 23 años, fue realmente un héroe o, como afirmó uno de sus tripulantes, “un irresponsable que los llevó a la boca del lobo”. El hombre pasó lo suyo. No le pueden negar el valor con que enfrentó su secuestro y que, unido a la valentía de otro oficial que logró doblegar a uno de los piratas los obligó a abandonar la nave con el capitán de rehén.
Lo que sí me gustaría, y no aguantaré las ganas, es comparar la actuación del capitán Phillips con la de Francesco Schettino, capitán del Costa Concordia, el barco más grande construido en Italia, de más de 114 mil toneladas, y líneas tan exquisitas como las de Sofía Loren. Pusieron en manos de Francesco esta belleza y el 13 de enero de 2012 la encalló en un arrecife de la costa italiana. Pero eso no fue lo peor. Cuando supo que la grieta que había ocasionado el arrecife en el casco era de 70 metros, resbaló por la cubierta y quedó metido en un bote salvavidas y no hubo fuerza que lo sacara de ahí. De los cuentos marinos que he leído o escuchado, ninguno pone a un personaje en tan vergonzosa situación. Los arrecifes son tan peligrosos como los piratas, los buenos capitanes deben enfrentarlos y tratar de salvar sus barcos.
Ahora recuerdo a otro capitán, convertido en escritor por obra y gracia del mar: Joseph Conrad, que en su libro El espejo del mar dice: «Es una relación seria aquella en la que un hombre vela celosamente por su barco. Este tiene derechos. De hecho, hay barcos que, por el hombre que lo merezca, harán cualquier cosa, menos hablar».
Ah, si el Mærsk Alabama y el Costa Concordia pudieran hablar.