“Una muerte horrible por televisión, no es muerte en vano: nos entretuvo unos minutos”. Vonnegut
El calor y la humedad de Panamá es cuero de ñeque viudo. La culpa no es sólo del sol y las lluvias. Pensemos en el caudal de llanto que derramamos por cualquier cosa. Sufrimos de llantina incontrolable. Lloramos por una y por la otra. Llora el tonto por su capirote, el ocio por la hamaca, el ojo por la brusca, la muela por la pinza y las napias por el humo. Rara vez nuestro llanto es de tristeza, vergüenza o dignidad.
Al vivir en democracia, lloramos democráticamente. Unimos nuestras lágrimas con las de la mayoría. ¡Cuidado! Podemos caer en la trampa de “La llantina”, lágrimas falsas, de mandril o cocodrilo.
Llora el manco por la mano perdida, llora Camila por el chulo que la golpea, llora el falto de talento por sus poemas no logrados; lloró Tito Piedra al recordar su Panamá perdido. Lloré por mi impotencia el Nueve de Enero, y también por el buen doctor Andrei Efímich, del pabellón número seis, que fue internado sin contemplaciones entre los enfermos que él atendía. Una vez, en Paitilla, viendo trabajar a los obreros, Mili lloró porque ellos jamás vivirán en los monumentales edificios que construyen. Lloró Kyra viendo la escena de la película Ben Hur, cuando Charlton Heston divisa a su madre y a su hermana entre los leprosos. Se ha derramando llanto de diferentes calidades. Pero hay llantinas insoportables, de desangelizados eunucos, de ñáñaras, bastardas. ¡Cuidado! El fluido de la llantina de ojeras, sarpullido y urticaria mental.
Lloramos sin saber por la contaminación, y con razón por la corrupción, la ignorancia y la violencia. Sin embargo, no hacemos nada por controlar el crecimiento desmedido de la población y de la ciudad.
Por opuestas razones lloran manadas de empresarios y altivos dirigentes sindicalistas. Lloran las amas de casa: <<¡Puro cuento la rebaja de la canasta familiar! ¡Quieren enseñarnos a no comer!>> Es llanto con moco atravesado el de Eladio. Y pernicioso el llanto de las fanáticas de Lady Gaga cuyos padres prohíben imitarla.
¡Oh, santa Eusebia, patrona de las lágrimas públicas, por qué tanto llanto! ¿Quién nos pellizca? Gobemantes y gobernados lloramos. Recomiendo Murine para los empañados ojos, así podemos divisar al sádico que, alfiler de mano, nos puya. Necesitaremos una sábana como la del padre Guembe enjugar tanto llanto sin cauce.
Para llevarme la contraria, el inevitable Tito Piedra sonríe y me recuerda que “El que llora…”