No me resulta sencillo escribir el prólogo de la segunda edición de Catálogo de claroscuros, la única colección de cuentos publicada en vida por Rafael De León-Jones (1969-2001), como me lo ha solicitado su familia. En lo absoluto. Su prematura desaparición, a los 32 años, fue un golpe terrible para quienes lo quisimos. Y espero poder demostrar que también, aunque todavía no se tenga conciencia de ello, para las Letras panameñas. Poder cumplir con esta responsabilidad implica un supremo esfuerzo que, sin traicionar el rigor intelectual exigido en estos casos, lo rebasa para instalarse sin remedio en el sentimiento, lo cual sólo complica las cosas, porque podría perderse la necesaria objetividad; pero lo intentaré,
Sin duda es un honor escribir estas reflexiones, ya que Rafael fue uno de mis más talentosos alumnos en el taller literario en el que participó por casi dos años, y en donde escribió buena parte de los curtidos cuentos que integraron después su primer y único libro ??"Catálogo de claroscuros (Fundación Cultural Signos, 2000)--, el cual como editor tuve la satisfacción de publicarle; obra, por cierto, que está totalmente agotada. Pero cómo negar que siento muchísima tristeza por el hecho de que él no vea circular esta segunda edición, de la que también me ha tocado en suerte ser su editor, ahora desde la modesta empresa que desde diciembre de 2006 creamos y compartimos nueve amigos idealistas: 9 Signos Grupo Editorial. Ojalá que me equivoque y que, desde otro plano, imperecedero, sí pueda su espíritu desde algún sitio noble percibir con satisfacción este meritorio esfuerzo de sus padres y su hermana.
En cualquier caso, sé que el lector sensible de la actual década y de las siguientes apreciará el singular talento de este escritor a través de la profundidad de sus historias y planteamientos, y reconocerá intuitiva o académicamente la innegable perfección formal de buena parte de estos sobrios cuentos en los que, reiteradamente y de diversas formas, el sinsentido y el absurdo existencial intercambian coordenadas y propician desenlaces que nos crispan y nos incitan a reflexionar seriamente sobre los avatares previsibles e imprevisibles de la vida.
La ficción no es más que otro nombre para la creatividad artística, y sólo un cuentista altamente dotado para este género literario es capaz de ofrecernos situaciones que, fieles al sufrimiento íntimo y al paulatino desgaste anímico de sus personajes, impregnan sus tramas de un realismo duro que sacude y conmueve sin tapujos ni maquillajes pudorosos, pero sin dejar de ser obras de arte. Así, el conjunto de los cuentos congregados en Catálogo de claroscuros pone de manifiesto que Rafael De León-Jones estaba llamado a ser uno de los principales punteros de la nueva narrativa breve panameña. Sin duda hubiera continuado produciendo obras estimables. Pese a todo, este libro que ahora reedita 9 Signos Grupo Editorial con el apoyo de la familia del autor estuvo destinado desde el principio a significar un importante punto de referencia en la cuentística de nuestros días. Duele admitirlo, al menos en lo que a la ausencia de este autor se refiere, pero los buenos libros se defienden solos, y tarde o temprano encuentran su camino hacia la estimación pública sin necesidad alguna de la presencia de su creador.
II
Los 23 cuentos que integran Catálogo de claroscuros, vistos ahora en conjunto, vuelven a impresionarnos por lo difícil de los temas que maneja, la sobriedad de su estilo, los contundentes desenlaces, su cuidada elaboración. Un autor, pues, en absoluto control de sus materiales.
Lo primero que resulta inevitable mencionar es que los juicios de valor que estoy por expresar residen fundamentalmente en el carácter sórdido y estrujante de muchos de estos cuentos. Tanto los temas mismos de las historias como el tono y actitud de los personajes --sus vicisitudes cotidianas signadas por el tedio, el asco, la sorna, la indiferencia o un franco derrotismo ante la realidad--, tienden hacia una actitud existencial cercana al nihilismo, que por sus manifestaciones de dolor y sufrimiento cobijadas bajo un manto de aparente negativismo, nos golpea. Y nos golpea porque en el fondo no hay tal indiferencia, hay dolor (título, por cierto, de uno de los mejores cuentos). Se siente en muchos de éstos un permanente rechazo hacia una sociedad hipócrita, injusta, explotadora; frente a la rutina y las repeticiones mecánicas que carecen de sentido; ante el desempeño y la sustentación equívoca de ciertos valores que muchas veces resultan no ser tales. Todo lo cual causa enajenación a los personajes, actitudes de agresividad, confrontación con el mundo, abierta y visceral rebeldía, aunque también a veces autodestrucción, sin duda generados por situaciones perturbadoras que, en algunos casos, a la larga se tornan intolerables.
Hay dos escritores norteamericanos anti-sistema, desangelados, irreverentes, "desmadrosos" e inconformistas que parecen haber influido notablemente en la escritura de De León-Jones; ellos son: William Burroughs (1914-1997) y Charles Bukowski (1920-1994), a quienes por cierto menciona este autor como lecturas realizadas en su cuarto de hotel por el protagonista del cuento titulado "Pensar", que forma parte de la cuatrilogía integrada a su vez por cuatro sarcásticos relatos breves situados en Cuba, país al que realmente fue invitado el autor como novel cuentista en 2000, poco antes de la publicación, precisamente, de Catálogo de claroscuros. Esos textos, por cierto, resultaron ser muy críticos del estado de cosas percibido bajo el régimen castrista: narrados en tono de burla, denotan una gran decepción.
En el caso de Burroughs, novelista y ensayista cuyas primeras obras se engloban dentro de la llamada Beat Generation norteamericana, lo que más caracteriza su novelística es la radical experimentación formal, su estilo a menudo surrealista y el empleo de la sátira; influyó considerablemente en diversas manifestaciones artísticas de tipo contracultural en los Estados Unidos; mientras que a Bukowski, novelista y poeta (la mayor parte de su obra traducida al español la ha publicado la editorial Anagrama, de Barcelona), se le considera un ícono del llamado "realismo sucio". Me parece indudable la influencia de estos autores en la obra que nos ha dejado Rafael De León-Jones: la crispada actitud ante las incongruencias y los antivalores del sistema, frente a las contradicciones y exabruptos humanos, de cara al derrotismo de personajes que no se sienten estimulados por los mejores aspectos de la vida. Habría que señalar, eso sí, que pese al manejo de un "realismo sucio" propio, muy sui generis, De León-Jones es muchísimo menos irreverente, escatológico y burdo en su estilo que ambos norteamericanos en su uso del lenguaje.
Resulta innegable que en Catálogo de claroscuros muchos de los cuentos producen en el lector una punzante angustia, cierta desazón, una suerte de íntimo desasosiego. Y es que la carga de enajenación que sufren los personajes, y que suele manifestarse desde las primeras líneas de cada texto, así como la inestabilidad emocional que suele caracterizarlos, tienen también la capacidad de estrujar y ensombrecer a quienes somos los receptores de estas historias, sacudiéndonos. Pero este efecto sólo lo puede provocar un excelente narrador, un estratega de las maneras más eficientes de lograr tales reacciones. O eso, o simplemente la autenticidad de las situaciones planteadas es tan dura que resulta suficiente para calar a fondo en la vivencia humana en sí, y en la cristalización de su función estética. Y aludo al estratega narrativo, a la vivencia humana y la función estética porque, a mi juicio, estos son precisamente los tres grandes logros que nos deja De León-Jones en Catálogo de claroscuros.
Este autor conoce muy bien los mecanismos que conectan la fantasía con la realidad, la vigilia con el sueño, la lucidez con la demencia, la aburrida rutina con el ansia a veces desenfrenada de libertad. También, a través de sus personajes, conoce el miedo y la inseguridad y la urgencia de cometer excesos sin reparar en que lo sean o no. Y para ello oscila en sus historias, aplicando normas propias de un realismo que a menudo es una suerte de "naturalismo" a la vieja usanza de los grandes narradores de finales del siglo XIX y principios del XX, pero mezclado con técnicas surrealistas y de profunda introspección, de una sobriedad escritural casi espartana ante el desbordamiento autodestructivo de las pasiones. En este sentido, los conocimientos propios de su carrera de psicólogo han sido asumidos por el escritor con gran prestancia profesional y decoro artístico. Por otra parte, el mundo de los sueños igual puede explicar muchas cosas que la vivencia cotidiana ignora, que dispararse en aterradores viajes que parecerían no tener retorno; o bien convertirse en fragmentos inquietantes y difícilmente re-ensamblables de una realidad gris y repetitiva que antes creíamos conocer.
No pocos de estos cuentos presentan situaciones límites cuyo contenido puede o no ser de nuestro agrado, pero no hay uno que no haga honor al talento narrativo de su autor. En la breve porción de espacio en que cuajan sus historias ??"suelen ser cuentos muy breves??"consigue captar esas sutilezas y ambigüedades antes mencionadas, la tendencia atemorizante hacia un mundo hecho de pedazos sueltos, y la incapacidad creciente de los seres humanos para entender no sólo su entorno sino, y sobre todo, su propio mapa interior, sobre todo su lado oscuro.
Un par de cuentos experimentan con mundos tristemente futuristas, cercanos a la ciencia-ficción; otros, al exacerbarse la fantasía bajo el influjo de la alienación, precipitan desenlaces fantásticos que, al movernos el piso, rompen con cualquier semblanza realista inicial. Para mi gusto, "Mundo mejor", "Agítese antes de usar", "Lotus", "Libre", "Árbol", "Dolor" y "Capaz de lo peor, hace lo mejor", son cuentos excelentes, dignos de cualquier antología nacional o incluso centroamericana; pero a mi juicio, vistos literariamente en su conjunto, ninguno de los otros desmerece. En todos priva el desarraigo y la imaginación, la enajenación y el logro artístico; en agónico combate.