La Habana, años 1920, el joven Alejo Carpentier almuerza todos los días con su padre en el Restaurante Lafayette de la calle Aguiar. La música la pone Amadeo Roldán que acaba de llegar de España. Se conocen, y la amistad dura hasta la prematura muerte de Roldán, veinte años después. Colaboran en dos ballets: “La rebambaramba" y “El milagro de Anaquillé”. Sacan el material para sus obras de las ceremonias secretas de los ñáñigos, Carpentier tomando notas, Roldán transcribiendo ritmos. Una vez los amedranta un ñáñigo: “Si no quieren que se forme una tragedia, guárdense la libreta y el lápiz. Nadie los ha llamado aquí”. Las dos obras, dice Carpentier, “no pudieron estrenarse porque las madres de las muchachas que estudiaban ballet en La Habana, no querían que niñas blancas bailaran con negros”.??
En el mejor momento de sus cortas carreras, Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla fueron ferozmente atacados por usar elementos afrocubanos en la música cubana. “Abajo lo negro, viva lo blanco y lo fino”, gritaban los que se oponían a la “extranjerización de la música cubana por medio de ritmos bárbaros”. "Abajo la lira, viva el bongó", contestaban los intelectuales de entonces, muchos de ellos pertenecientes al Grupo Minorista. “¿Qué no se dijo, qué no se gritó contra las comparsas, contra el son en los primeros días de su reinado y predominio, por quienes temblaban en cuanto oían sonar un bongó?”, recuerda Nicolás Guillén, y contraataca sin tregua con una metralla de versos en "Sóngoro cosongo": "Esta es la canción del bongó, —Aquí el que más fino sea, responde, si llamo yo". Lo cierto es que gracias a que Roldán y Caturla incluyeron lo afrocubano en la música sinfónica, la música original fue más aceptada.
Panamá, siglo XXI, aún no existe una composición sinfónica con elementos del tambor congo. ¿Apatía criolla o escasez de opciones? Un joven que quiera estudiar composición musical, dirección orquestal o musicología en Panamá, verá sus aspiraciones truncadas, porque aún no se ofrecen las materias como parte del currículum académico de las instituciones especializadas. Lo digo nuevamente: un país sin compositores es un país musicalmente mudo. Y me refiero a compositores, los que aprenden el oficio de componer y se cuestionan el material sonoro, no a escribir cancioncitas empíricas con los tres acordes de siempre y los versitos rebuscados. Este argumento sobre la composición en Panamá no encuentra debate, y por indiferencia se está convirtiendo en un monólogo sombrío. A nadie más parece interesarle el asunto.
Repertorio
Amadeo Roldán: "Rítmicas 5 y 6"
Alejandro García Caturla: "Primera suite cubana"
George Gershwin: "Obertura cubana"