Deportes

Sloppy Joe

“La muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones” Gabriel García Márquez


La soledad, silenciosa y pasajera, afable compañera del pensamiento, es un regalo que nos damos para relajarnos de la delirante actividad de la vida y su enajenante bullaranga.

Pero la soledad puede ser también un maleficio. Eso de "tú eres tu mejor compañía" es bueno para los soberbios y los derviches como Simón el estilita, que necesitó mucha soledad para aprender de memoria los 150 salmos de la Biblia con el fin de rezarlos repetidamente sin leerlos. ¿Qué clase de ñamería fue esa? ¿A qué Dios le puede agradar tan insoportable autismo salmódico? Bueno, el tal Simón terminó siendo un exhibicionista de marca mayor fingiendo ser una estatua en lo alto de una columna de diecisiete metros.

Personalmente prefiero una razonable ración de soledad y otra ración más que razonable de compañía.

 

Durante años me impresionó un personaje que, al igual que "Pelúa", caminaba por todas partes. Lo bauticé Sloppy Joe (por supuesto era un apodo privado). Se lo eché encima por una mala traducción del famoso bar que enfrentaba a los Héroes del Polvorín en la Plaza Cinco de Mayo. Alguien me dijo que Sloppy quería decir solitario, abandonado, cuando en realidad quiere decir sucio, enlodado. Mi Sloppy era un hombre bien vestido, pero despistado y rociado con una fuerte esencia anti-gente. Podía estar en medio de la procesión de Don Bosco o colado en la tuna de una reina de Calle Abajo y estar más solitario que estrella sin galaxia. Taciturno, cumplía desconsolado su insondable vocación de náufrago. Era un ser tan solitario, tan ??"¡créame!??", tan nadie, que parecía transparente. Vaya maleficio. En vano regó su dirección electrónica, ni siquiera recibía un spam por error. Para escuchar una voz dirigida a él, preguntaba la hora a destajo, o el precio de una medicina, una cafetera o un carburador (sin comprarlo). En vano llevaba su cuerpo a todo acto público (si era gratis). Ni un saludo, ni un distraído apretón de manos. No tenía ni un mejor enemigo, ni un peor amigo, nada que oliera a intimidad, cariño, odio, familia. Nada.

Cuando abandonó la vida sólo dejó un hueco en el aire y un saludo telefónico que invitaba a dejar mensajes.

Llamé y dije: «Adiós». Me gusta romper maleficios.

 

fecha edicion
old id
394142
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América