Algunos días parecen transcurrir como filas en restaurante de comida rápida: nos formamos en la hilera, pedimos lo que deseamos, saciamos nuestra hambre y nos vamos. A otra cosa, camarada. Y estoy hablando de comida, pero la escena es comparable al modo en que alcanzamos nuestros objetivos en el trabajo, en intercambios sociales y hasta en nuestras familias. Observemos el tráfico de una avenida congestionada por unos segundos y nos daremos cuenta que lo único que interesa a los conductores es llegar a su destino. ¿Cierto?
Es como si la vida no importara por lo que es, sino por lo que de ella podemos tomar.
Es muy fácil, entonces, dejar de preguntarnos qué es la vida y seguir procedimientos fijos, los procedimientos fijos con los que alcanzaremos metas y más metas. Un día es un ciclo estandarizado. Treinta días son treinta ciclos estandarizados. Y trescientos sesenta y cinco días son un año sin pensar, llevados por la inercia de lo conocido y lo probado. ¡Uy!
Lo que te propongo es otra cosa: haz un alto y pregúntate por qué estás aquí, cuál es el sentido de todo esto. Poreso, la lectura reposada de Julio Cortázar te desarrollará humanamente más que cualquier libro de autoayuda.