N o, de ninguna manera, así no podemos continuar, me estás robando toda la vitalidad. Lo siento, Soledad, pero ya no te creo, he perdido toda la confianza en ti y, lo que es peor, la paciencia que en otros tiempos te tuve ha muerto.
Lo único que quiero es ser parte de tu existencia, compartir cada segundo de tus pensamientos y visiones , ¿no lo veo? No puedo vivir sin ti.
¡Mentiras! Solo lo dices para quedarte un poco más y extraerme mi último resto de alegría. ¡Basta! No puedo seguir de esta manera. Cada vez que te tengo entre mis brazos, mis días se llenan de melancolía, mis escritos lloran páginas amargas, mis sueños se tornan azules y dilatados. La tristeza del crepúsculo hace mi vida intolerable. Por favor, Soledad, vete ya o terminarás por acabar con lo poco que me queda de vida.
Mi amor, no me dejes, mírame desnuda, bésame estas rodillas flacas, este cuerpo tuyo que tanto has amado en las largas noches de nuestro fuego, las distancias que recorrimos en la tristeza invencible de nuestros silencios. Sabías bien que mis días eran azules y que el sonido de mi voz era el canto de la melancolía. Tú sabías que estas eran mis ofrendas, y aun así saltamos juntos al abismo. Yo te di el secreto de la poesía más pura y entre mis labios te susurré la razón de tus más herméticos escritos.
Lo siento, Soledad, ya no puedo más, soy un hombre viejo de cuerpo y de espíritu; tu amor me consume, me embriaga, me embarga en un pesado sueño, déjame dormir, ten piedad de esta alma que ya has torturado tanto.
Cuando William Blake despertó esa mañana, sintió que había dormido por siglos, su alma estaba más ligera, la luz del sol y una suave brisa acariciaban su aposento. De golpe, aquella tristeza parecía algo del pasado, se levantó sonriente y dio gracias por la Claridad que llenaba su alma de esperanza.
Algo era seguro: al menos durante un tiempo, Soledad se había marchado.
*De su libro 'La claridad, cuentos sueños y memorias del despertar’