Periodista
Aunque vivimos tiempos con un desarrollo tecnológico vertiginoso y espectaculares cambios en todos los ámbitos, el hombre es incapaz de controlar un derrame de petróleo que le ha complicado la vida a una potencia mundial desde hace más de 6 semanas.
El desastre ecológico de Luisiana, que está afectando incluso a Florida, ha hecho que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama cancele un viaje a Indonesia y Australia.
Indefensa, inmóvil, maniatada, perpleja, atónita, así ha quedado EE.UU. ante un desastre con consecuencias inimaginables para la vida. Algo parecido al accidente ocurrido en 1986 en la central nuclear de Chernóbil, ahora Ucrania.
Me decía mi hijo: ¡Increíble que quienes han mandado el hombre a la Luna, no sean capaces de tapar un hueco! Pero sí... ocurre y seguirá ocurriendo.
En Panamá no tenemos que ir lejos, pues fuimos testigos del desastre de Prados del Este, de la inundación el año pasado de un hotel de San Francisco, y este año, del estallido de un cisterna con gas y la explosión en una torre bancaria.
Aunque con dimensiones distintas, todos los desastres mencionados tienen en común la mano interventora (¡peluda!) del hombre y la falta de supervisión estricta de las normas de seguridad.
Aunque se hacen esfuerzos, seguimos reaccionando ante una acción de desastre provocada por el hombre o causada por la naturaleza.
De previsores tenemos muy poco y de elementales normas de seguridad conocemos casi nada.
Si quiere haga la prueba y pregúntele a cinco personas que tenga cerca, si han escuchado una charla o participado en un simulacro de desastre.