No entiendo cómo mis pobres hijos van a poder superar los años que les quedan hasta su emancipación. Soy una madre desnaturalizada. No me hacen ilusión las postales horrorosas que hacen mis hijos en clase, porque las hacen bajo el mandato de una maestra, por lo tanto no tengo muy claro qué tanto es ganas de ellos de regalarme un pedacito de su esfuerzo y qué tanto es obligación impuesta. No me gustan las poesías cursis y repipis que recitan cual papagayos, y he de morderme la lengua para no gritar ante los ripios y la mala versificación.
Ya he comentado en alguna ocasión que no me hacen mucha ilusión las celebraciones impuestas, pienso que son simples acicates para comprar. Pero no es de esto de lo que quería hablar hoy, sino de mi pésima labor como madre, y deseo entonar desde aquí un mea culpa, para poder tranquilizar mi alma, negra como la pez. Tengo dos hijos, me parece redundante decir que los quiero. Pero no soy capaz de considerarme un apéndice de ellos. Ni de hacer que mi vida gire en tormo a sus necesidades y deseos. Cuando hace años cortaron el cordón que unía nuestros cuerpos ellos se convirtieron en dos personas independientes de mí. Lo siento, no soy capaz de pensar en ellos y en mí como si fuéramos indisolubles. Esto quiere decir que mi vida y la suya están imbricadas pero no son inextricables. O sea, que nunca me he muerto de cabanga cuando he tenido que separarme de ellos. Ni siento la necesidad irrefrenable de hablar de ellos cinco veces cada seis segundos.
No considero que mi labor en la vida sea la de cargarlos en mis hombros, sino la de llevarlos de la mano y enseñarles los huecos, las trampas y los atajos. Pero entiendo que a veces quieren correr solos y entonces, entiendo que mi función es recibirlos ensangrentados y llevarlos a urgencias, o evaluar (con los años he desarrollado rayos equis) con una mirada que la cosa no es para tanto y que un poco de dolor no les vendrá nada mal.
No creo que yo deba hacer las tareas con ellos, darles todas las posibilidades para que ellos las hagan sí, y estar cerca por si necesitan ayuda al llegar a una bifurcación o a un callejón sin salida. Creo que debo permitirles fracasar. Fracasar es muy bueno, fracasar es sano. Es la oportunidad para aprender qué hiciste mal y la vergüenza es el mejor acicate para espabilar.
Ni los visto ni los baño desde que aprendieron a no meterse champú en los ojos. El desayuno y la cena saben preparárselos solos y lo hacen la mayor parte de los días. Y sé que si tienen que prepararse el almuerzo también serían capaces de hacerlo. Saben quedarse solos en casa y lo que deben hacer si se pierden. Saben que mamá se va a trabajar, o de viaje y que antes o después vuelve.
Soy un monstruo de maldad que he preparado a dos hijos para su camino, y que encaro el mío sabiendo que si los dioses me dan una larga vida a su lado la disfrutaré sin resentimientos por haber renunciado a algo por ellos. Y si muero mañana …bueno, de ser así me voy tranquila, porque mis dos hijos saben sobrevivir sin mí.
El mejor regalo que me hacen día a día es el que se acerquen a mí y se arrecochinen a mi lado, no porque me necesiten, sino simplemente porque les gusta estar cerca de su madre. Sin versos cursis.