Si hay algo de lo que Stephen Jackson puede hablar hasta el cansancio son los vericuetos de su carrera basquetbolística antes de jugar con Nueva Jersey y San Antonio.
Jackson le gusta recordar anéctodas sobre comensales que antes de entrar a restaurantes en Santo Domingo guardaban las balas de sus armas de fuego como si fuesen chaquetas, las goteras en una cancha en Venezuela y la del jugador que en Australia hizo un gesto obsceno con ambos dedos indíces a los aficionados.