La distancia tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Un de las ventajas de ella es la perspectiva. El cuadro se aprecia mejor pero, inmediatamente, salta un inconveniente: a una mala distancia no se distinguen bien los matices, todo parece una maraña oscura de trazos inexactos o estridentes colores. Así que, la distancia, que no es olvido, tiene en sí misma una trampa y una salida que conviene calibrar bien para no caer en injusticias y errancias de fondo.
Desde Madrid, Panamá tiene un color. Creo que estamos a la distancia justa. Hasta aquí llegan los ecos de las letras festivas, de los eventos culturales, del bullicio de desagravios. Llegan las ganas de hacer más. Cuando me preguntan por la cultura panameña, suelo decir que estamos en buena forma, que progresamos adecuadamente y que vamos a más. Que no nos falta talento.
La buena salud de nuestra literatura tiene que pasar por una renovada crítica literaria.
Conversaba los otros días con una buena amiga que me recomendaba leer más literatura panameña con un doble fin: perspectiva y profundidad. En los viajes que he hecho a nuestra tierra me he traído todos los libros que he podido. Conté en una conferencia cómo en uno de esos viajes me tomaron por sospechoso porque transportaba muchos libros: “es que llevan droga allí, sabe usted”, me dijo la funcionaria enguantada de látex mientras cerraba la maleta, con tonito de disculpa.
Pero me hace falta más. Escribimos desde una tradición. Necesito poder extenderme hasta otros novelistas, acercarme a poetas, rescatar ensayistas y columnistas de los de antes, ver de dónde vienen. Más cercanos, los autores de los sesentas y setentas que muchas veces no encuentro. Me tendré que ir a Salsipuedes, esa biblioteca sin paredes y en bajada, para rescatar de allí algunos títulos haciendo caso de la recomendación de Richard Brooks que la conoce bien.
Hay bastante en mis estanterías. He situado en casa toda la literatura panameña en las estanterías que veo nada más entrar de la calle. Veo el tomo azul de la “La Isla mágica”, los ojos se me van al lomo blanco de “Gamboa Road Gang”, a los antiquísimos números de la Revista Lotería, a “Receta para ser bonita”. Cuánto se ha escrito, cuánto y bueno. Quedan rincones por descubrir, simas por las que descolgarse, cumbres que conquistar.
Apelaba a referentes cuando hablé de subir el nivel hace unas semanas. Y los necesitamos. Hay que empezar a leer para atrás. Mi amiga me hablaba de los autores que me faltan por visitar. Hablamos de los beneficios de ahondar en la tradición y del peligro de la superficialidad desconocimiento. Me quedé pensando. Salí para Madrid. En el camino, en Metro, anoté las acciones a tomar. “Leer más”, puse en primer lugar. Después, “leer mejor”, y seguido “leer para atrás”. Por un momento me pareció ridículo plantearme leer. Después de anotar más pasos, volví a recordar aquello que dicen que dijo Borges sobre leer y escribir, lo de que estaba más orgulloso de lo leído que de lo escrito. “El que lee, se da cuenta”.
La ceremonia de desagravio que se le hizo a César Young Núñez, esa celebración de la vida del poeta por la gente que lo quiere y por sus lectores, más allá de las distancias, fue un excelente ejemplo de leer para atrás. Leer nos acerca al escritor, nos hace conscientes de la tradición y genera (debe generar) en el que escribe un discurso estético-literario que considera lo escrito antes para genera una nueva literatura que debe ser “urbi et orbi”, universal y radicalmente nuestra.
La buena salud de nuestra literatura tiene que pasar por una renovada crítica literaria. Leer y dar de leer tiene que ser una prioridad de quienes dotan de herramientas técnicas y de oficio a los que quieren comenzar a escribir. Pero la crítica y su estado es otra historia. Se merece sus propias líneas y sus riesgos.