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Sueño eres y barro comerás

En la novela “2666” de Roberto Bolaño, Rebeca no come tierra, ni sufre la peste del insomnio, ni se chupa el dedo hasta la vejez


Emiliano Pardo-Tristán (Compositor y guitarrista) / PANAMA AMERICA

La práctica de comer barro era costumbre en el Madrid del siglo de oro. La moda de belleza consistía en tener un semblante tan pálido y diáfano como el de la anemia. Para conseguir la blancura enfermiza, las mujeres de la nobleza le daban mordiscos a cuanto botijo se encontraban a su paso. La ingesta de barro detenía la menstruación y causaba alucinaciones, era parte del precio que se pagaba por ser pálidamente bella.??“Niña del color quebrado,?o tienes amor o comes barro”, canta Lope de Vega.

En "Cien años de soledad" van juntas la geofagia y el desconsuelo: "Loca de desesperación, Rebeca se levantó a media noche y comió puñados de tierra en el jardín, con una avidez suicida, llorando de dolor y de furia, masticando lombrices tiernas y astillándose las muelas con huesos de caracoles. Vomitó hasta el amanecer”.

En la novela “2666” de Roberto Bolaño, Rebeca no come tierra, ni sufre la peste del insomnio, ni se chupa el dedo hasta la vejez, ni llega con un talego de huesos que suenan a xilófono desafinado, ni se casa con su hermano; pero su nacimiento es el de un personaje macondiano, del realismo mágico, género que Bolaño reprobaba por arcaico y en ocasiones atacaba. La Rebeca de “2666”, nace de un sueño y se transforma en un personaje real, o por lo menos en la realidad ficticia de una novela

El sueño: “Espinoza soñó con una chica [Rebeca] que vendía alfombras. Él quería comprar una alfombra, cualquier alfombra, y la chica le enseñaba muchas alfombras, una detrás de otra, sin parar. Sus brazos delgados y morenos nunca estaban quietos y eso a él le impedía hablar, le impedía decirle algo importante, cogerla de la mano y sacarla de allí”.

Diez páginas más tarde: “Espinoza se acercó y acarició una de las alfombras. Le preguntó si se acordaba de él. La muchacha no dio muestra alguna de sorpresa. Levantó los ojos, lo miró y dijo que sí con una naturalidad que lo hizo sonreír.?–¿Quién soy? –dijo Espinoza.?–Un español que me compró una alfombra –dijo la muchacha”.

Lo que cautiva de este relato, aparte de lo imprevisto, es la naturalidad de la contradicción: lo onírico versus lo real en la ficción. No nos queda más remedio que aceptarla. Bolaño no avisa, no prepara. De hacerlo la argucia literaria perdería fuerza. La mejor decisión es hacerle creer al lector, sin explicaciones ni prudencia, que es normal, que un día nos podemos encontrar por la calle con un sueño y no hay ninguna necesidad de cuestionarlo. Nos pasa a todos.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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