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Sueños y cascabeles


Soñar, esa operación que pretende volver concreta la esperanza, es un ejercicio que con el tiempo se va olvidando. Guardamos esas esferas para cosas más terrenales que se dejen palpar, aunque al final se hagan trizas o se pudran o las devore el olvido.

Hermano de la memoria, el sueño, o mejor en plural, los sueños, son retazos de las cosas que queremos y vamos, poco a poco, tejiendo, con pausa o con prisa según sea el empeño. Y vamos en el “diablo rojo” o el Metrobús donde transportamos, de ida y vuelta, lo mejor de nosotros, de una estación a otra sin conseguirlos plenamente, porque no nos atrevimos de una vez.

Cierto es que fuimos un sueño, (guardadas las turgencias) en el vientre de la madre. Vamos con la corona de la vida sin saber que somos príncipes y nos vamos quedando en las arenas movedizas de la mediocridad…  Y solo por no soñar, por no tener fe, por no construir con esa semilla de mostaza que dice La Biblia.

 

Cierto es que los viejos soñaron despiertos toda la historia, desde el primer pañal hasta el birrete. Para algunos hasta ahí llegó. Pero los viejos sueñan con ser abuelos… Es decir, es una acción persistente, resistente, que nos acontece, aun a pesar nuestro.

“Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”, repiten aquellos que solo se saben de mentadas el libro de Calderón de la Barca. Un frenesí, una ficción es la vida. Hay que darle la velocidad adecuada, a pesar de los tranques.

A los sueños hay que ponerle zapatitos nuevos (preferiblemente con cascabeles para que te recuerden por donde andan), camisita limpia, pantalones largos. El trabajo de los sueños es madurar como el árbol, como la fruta. Toda la vida es mucho tiempo, tienes que hacer que ocurran; si no, hemos perdido el tiempo asquerosamente.

 

Lo que hacemos para diciembre, específicamente para el nacimiento del Niño, es soñar con imposibles, es creer que podemos ser buenos, a pesar del orbe encanallado (Kipling); es retomar la fe. El Señor nos sueña desde su pesebre. He allí el milagro en la risa de los críos, la mirada esperanzada del que espera, el corazón del pan que se reparte. Para eso vino al mundo, para que creyéramos y soñáramos. Y nació niño para que nos fijáramos en ellos.

Dirían que soy un soñador pero no soy el único (Lennon).


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766658
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América